En septiembre

Después de comer, Cayetano Treviño, prestamista, subió a la terraza techada del segundo piso de su casa, única del rumbo hecha de ladrillos. El aire bochornoso de la intermitente lluvia de ese mediodía, hacía que todo pareciera transcurrir a paso lento.  Desde lo alto, vio con fastidio las viviendas del asentamiento irregular donde hacía años había decidido construir y habitar solo; eran chozas y tejabanes rodeados de charcos y lodo. El extremoso clima de la región les había dado varios años de sequía y ahora la copiosa lluvia no había parado en dos meses seguidos.

Esa mañana de septiembre el sol había salido pero ya para mediodía volvían la nublazón y la llovizna. Había sido abundante la comida y Cayetano se movía con lentitud. Irritado, decidió tomar una siesta. Además de  la pesada digestión, le agobiaba  recordar el sueño recurrente donde, la noche anterior, la Parca le volviera a avisar: Cuando veas pasar un fuego veloz y escuches el bramido de la bestia, vendré por ti.

Absurdo sueño; y ni modo de realizarse por ahora, con todo este agual, se dijo con sarcasmo y se recostó. Se fue quedando dormido en un sillón bajo el techo protector de su terraza, al arrullo murmurante de la creciente lluvia, ahora arropada por nubes cada vez más negras. En las noticias de un radio lejano alguien hablaba de presas, ríos y canales, que venían altos por las lluvias incesantes. Al mismo tiempo, por los caminos y brechas abiertas entre mezquites y huizachales ya circulaban de prisa las grandes lluvias. Pronto las aguas memoriosas inundaron las áreas bajas buscando llegar al lecho del río.

En segundos, el lodo avanzó en avalancha con velocidad rabiosa y al instante el  bravísimo torrente ya arrasaba con cercas, láminas, paredes, y las chozas y los  árboles eran arrancados de raíz. Cuando la gente abandonó en tropel sus pobres viviendas inundadas e intentó trepar sobre los techos, ya todo era inútil. Buscando salvarse, algunos desesperados vecinos irrumpieron en la casa de dos pisos. Ya se escuchaba el sonido del oleaje que pronto se convirtió en rugido y estruendo. Con el estrépito abajo, arriba, en la terraza, el dueño de la casa despertó de su pesado sueño. No comprendía nada. Por un lado los vecinos estaban junto a él, demudados sus rostros. Por el otro, viendo hacia la calle, pasaban frente a él, flotando como barcas danzantes, árboles, animales  y cuerpos humanos.

Pero mi casa es sólida, pensó con furtivo alivio. Todos los ojos estaban clavados en la encrespada avenida de aguas encontradas: las de la lluvia y las del desbordado río. De pronto miraron pasar flotando una choza y vieron por la pequeña ventana su interior: Adentro había una mesa con una lámpara de petróleo encendida, allí aun ardía el fuego, y este fuego corría, navegaba por el río que bramaba como animal herido, como  bestia enfurecida, ciega y obcecada. Segundos antes de la confusión de tinieblas que lo envolvería, Cayetano alcanzó a escuchar el estruendo de las voraces aguas arrancando los cimientos de su casa.

Por Graciela Ramos Domínguez

Graciela Ramos Domínguez (Reynosa, 1946). Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s