Los conejos no hablan

Hubo un tiempo en el que los conejos podían hablar como los humanos. Todo empezó cuando el señor conejo, que iba por el bosque tratando de encontrar mejores tierras donde hacer su madriguera, se topó con una vieja cabaña. Con sigilo, caminó hacia atrás para rodear la choza pero un agradable aroma le hizo detener la retirada. Se dejó guiar por su olfato hasta donde se desprendía ese olor y encontró, colocado en el balcón, un delicioso pastel de manzana. Pensó que sería un buen regalo para la señora conejo que estaba triste porque sólo pudo dar a luz a dos conejos en su primera camada.

Regresó contento a su guarida, pero su esposa, que ya lo esperaba impaciente, le llamó la atención por haber tomado algo que no era suyo.

—Es lo que hacemos, tomar lo que está en el bosque —se justificó de inmediato.

—Se toma lo que está en la tierra, no en las ventanas de los humanos, ¡debes pensar en las consecuencias! —explicó ella.

—Pues para mí sigue siendo manzana —refunfuñó él con torpeza, mientras se rascaba la cabeza con sus patas.

Muy enfrascados estaban en sus diretes, que no se percataron cuando sus críos empezaron a caminar hacia el pay y, en menos de lo que canta un gallo, los dos gazapos terminaron con el objeto de la discordia.

Ambos padres se quedaron viendo uno al otro, ella con mirada acusadora y él sólo enseñaba los dientes y agachaba las orejas en señal de disculpa.

A la mañana siguiente, muy temprano, empezaron a escucharse ruidos desconocidos que salían del nido del señor conejo. Poco a poco las otras criaturas se acercaron a la entrada atraídas por los sonidos. Estaban a punto de tocar la puerta cuando, sin aviso, saltaron de ahí los conejitos corriendo y hablando en un lenguaje inusual.

—¡Están hablando humano! —dijo alguien, y todos murmuraron sorprendidos.

—¿Cómo es posible? —agregó otro, y más murmullos.

Los papás no alcanzaban a entender cómo había sucedido eso. No es que no les importara, pero sentían tanto orgullo por ser padres primerizos, que disfrutaron al atraer toda la atención.

Pasaron los meses y el rumor de los conejos parlanchines se extendió a lo largo y ancho de las otras tierras.

Sucedió entonces que los que ahí vivían empezaron a hartarse de ellos, pues hablaban y hablaban hasta el anochecer; y no sólo hablaban como humanos, sino que también reían como humanos; y les gustaba reír a costa de los demás: planeaban bromas para todo el que encontraran en su camino. Lo vigilaban muy de cerca, escondidos en los arbustos y cuando éste se hallaba distraído, salían gritando para que creyeran que eran humanos y el animalito huyera despavorido. Así hicieron con todos, hasta que los mapaches y demás roedores se fueron a vivir a los ríos; las aves dejaron sus árboles y volaron a las montañas; las arañas y serpientes no volvieron a salir de las piedras y así, poco a poco, el bosque empezó a quedar vacío.

Al ver lo que estaba ocurriendo, el papá conejo comprendió que había cometido un error y regresó a buscar ayuda en aquella cabaña. Luego de correr un rato, se detuvo a tomar aire. En eso estaba cuando de pronto escuchó una voz.

—Conejo blanco, ¿qué es lo que buscas?

—¿Quién eres? —preguntó asustado.

—No temas, sólo dime qué es lo que buscas y te ayudaré.

—Busco… debo encontrar a un humano, alguien que hizo… alguien a quien robé algo y ahora eso nos ha traído problemas —confesó.

—Yo puedo ayudarte —dijo la voz después de una larga pausa.

—¿De verdad? Pero, ¿por qué harías tal cosa? —volvió a cuestionar.

—Soy la que hizo ese pastel, del que no supe nada hasta hace unos días al escuchar los rumores de tus hijos —dijo, serena, saliendo de donde se encontraba.

—Ailév, la bruja de los bosques de Dulcan —murmuró sorprendido el conejo.

Avergonzado explicó a la maga lo ocurrido y ella, en un gesto de total misericordia, perdonó su acción pero le hizo ver que aún debía solucionar lo que había empezado.

—Tendrás que tomar una decisión —advirtió la bruja—, el conjuro que realice romperá el hechizo pero sólo salvará a uno de tus hijos, debes decidir a cuál.

—Ss…sí, puedo hacerlo —enfatizó aquél— pero ¿qué pasará con el otro? —preguntó temeroso.

—Si él está lejos de mí, se convertirá en humano; así que debo llevármelo.

El conejo recordó las palabras de su esposa: ahora enfrentaba la verdadera consecuencia de sus actos, sin embargo tenía que resolver ya. Justo estaba por decir el nombre de uno de ellos cuando se oyeron ruidos entre los matorrales; eran los críos que habían escuchado todo y al verse descubiertos salieron corriendo. Ya no hubo tiempo de hablar. La bruja y el señor conejo salieron tras ellos.

Se acercaban a los límites del bosque. Aliév sabía que era su última oportunidad sabía que su magia no tendría efecto si lograban salir de allí. Alcanzó a ver un pequeño claro y disparó. En el último instante ambos hermanos saltaron evitando el rayo que pegó directo en el suelo e hizo un profundo agujero. Se miraron con picardía y corrieron hacia él pero, antes de que ambos desaparecieran, papá conejo llegó de un brinco y pescó con su boca a uno de ellos. Finalmente, el hoyo se cerró.

Cabizbajo y con su hijo aún en su boca, el señor conejo llegó hasta donde estaba la bruja para preguntarle “y ¿ahora qué?” Ella le respondió que aún tenía que llevarse a su hijo pero que él podría visitarlos de vez en cuando. Reveló que a ella su hijo, al hablar humano, le sería de mucha utilidad, pero eso sí, aseguró que levantaría otro hechizo para que ya nunca, ni por error, ninguna criatura del bosque pudiera volver a hablar esa lengua. Después el conejo le preguntó por su otro hijo y la bruja se limitó a responder que cuando un encanto abre un hueco en la tierra, éste puede llegar a lugares insospechados y, ¿quién sabe?, tal vez en el futuro, alguien comentaría haber visto a conejo blanco que hablaba como humano.

Es por eso que, desde entonces, los conejos siempre tienen esa expresión tan seria, como si quisieran contarnos algo.

Por Jaime Fernández

@SastreValiente

Jaime Fernández (Xalapa, 1974). Narrador. Con su llegada crece y muere la posibilidad de otro hijo ilustre, mala influencia para muchos, pensador anónimo, juez y parte de su propia historia. Vaya, un “Artcidente” de la vida, adoptado por Reynosa, Tamaulipas.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s