Pterodáctilo

Como todos los domingos, acompañé a mi abuela a misa. Había tenido un sábado de fiesta y el aroma dulzón de veladoras e incienso me provocó náuseas apenas entrar a la iglesia. En el suelo resaltaban los diseños de pequeñas florecitas que adornaban los mosaicos; flores plásticas más grandes, en jarrones de latón, salpicaban de color el altar.

Mi abuela se sentó entre sus amigas ancianitas. Todas, vestidas más elegantes de lo que ameritaba la misa, me sonrieron hipócritas y me barrieron con la mirada: desde los mechones azules de mi cabello hasta mis inseparables converse sucios; para ellas, yo iba como limosnera de crucero o lista para limpiar los parabrisas de los coches. Me senté junto a Agatha, como saludo pellizcó mis mejillas y me dio un beso que dejó una marca en mi frente.

Las campanadas llamaron a comenzar la misa. Sacudí la cabeza para recuperarme del mareo y la resaca. Agatha amplió sus labios rojo manzana para sonreírme y sacudió su cabecita platinada en reprobación a mi gesto. El sermón y toda la misa me pasaron sin hacer eco. Me entretuve contando florecitas en el piso.

De pronto todos se pusieron de pie para recibir la bendición del padre, la misa había terminado. El sacerdote sacó de sus atavíos una botellita de agua bendita. Comenzó a salpicarnos. Agatha tembló y golpeó mi hombro con su espasmo. Nadie lo notó. Estrepitosa, se dejó caer en la banca, temblando más y más; su cabeza se infló hasta convertirse en una piraña enorme, con escamas plateadas y un hocico tan rojo que parecía cubierto de sangre. Me mostró unos afilados dientecillos y el resto de su cuerpo explotó en pirañas diminutas que cayeron a mis pies. Retrocedí aguantando las arcadas para no vomitar.

A mi alrededor, la gente se difuminaba, se evaporaba y en su lugar aparecían otras criaturas. Busqué con la mirada a mi abuela pero sólo encontré un conejito blanco de ojos miel, una cobra le encajó sus colmillos varias veces. Aparté la vista cuando el conejo cerró los ojos. Apenas parpadeé y un dragón de Komodo pasó frente a mí masticando al conejo y a la cobra. Vi un mono araña con tutú balancearse en uno de los candelabros del techo y un cuervo de plumas azuladas volaba en círculos sobre mí.

Quise alejarme y se me revolvió otra vez la panza al sentir las pirañas reventarse bajo mis pies. El sacerdote, aún en el altar, con voz avícola gritaba convertido en un loro parlanchín; voló hacia la salida, donde escurría a goterones de chocolate la puerta y caía sobre los que intentaban salir, y una lengua gigante lo atrapó. Era una flor salida de los mosaicos hecha un titán monstruoso. Ni siquiera me atreví a intentar huir con aquellos gendarmes carnívoros cuidando la salida. Las flores del altar se mecían en sus jarrones y entonaban cánticos gregorianos con voces guturales.

En cualquier momento me llegará la metamorfosis, pensé, y la palabra metamorfosis me hizo cosquillas. Mis manos comenzaron a arder, las puntas de mis dedos estallaron en filosas garritas, mi cuerpo se llenó de bello azul y del beso manchado en mi frente brotó un fleco rojo que casi me cubrió los ojos.

El panorama, entre nubes transparentes, aumentó de tamaño. Me di cuenta que era yo quien encogía; estaba en cuatro patas, me lamía y ronroneaba. ¿Un gato? Me habría gustado ser un pterodáctilo con alas tornasoladas, pensé. Y al primer maullido de queja ¡zaz! Crecí. Me brotaron las alas, se alargó mi mandíbula. Del mechón rojo en mi frente nació un penacho que se extendió transversal por mi cráneo y dorso. Quise volar. Aleteé hasta que con un salto, una corriente de aire y mucha suerte logré planear por el interior de la iglesia. Le grazné a las flores-monstruo que lanzaron mordidas al aire para atraparme.

El estallido de un cristal me sorprendió. Creí haber chocado con algún vitral pero no. Fue mi abuela: tropezó con la manguera de mi shisha y ésta se estrelló en el suelo.

—Ay, ‘mijita, ya quebré tu lamparita —la oí decir entre pink floyd y el despertador—. ¿Cómo? ¿Todavía no estás lista? Ya se nos hizo tarde para misa de siete.

Salió del cuarto y volvió con una escoba. Mientras ella limpiaba yo cerré los ojos. Luego extendí mis alas para pasear por la ciudad.

Por Abby García

@AiAkako

Abby García (Nuevo Laredo, 1987). Narradora. Ha participado en diversas lecturas colectivas bajo la organización de Fomento Cultural Reynosa y la Casa de la Cultura de Reynosa. Colaboró para la revista Letras Raras en su edición del mes de Octubre del 2013.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s