Una casa grande

Siempre quise vivir solo en una casa grande y no lo he logrado. Vivo solo, sí, pero acompañado de ella que, anatómicamente, es mía. Acostumbro compararla con la costilla de Adán, esa que es parte de él pero al mismo tiempo goza de independencia.

Ella, la que a mí me tocó, roba en mi nombre y ayuda, o eso cree, al desvalido. Son tantos los problemas que acarrea que, para reducirlos, preferí renunciar a mi sueño y vivir en un departamento, o mejor dicho, en una cueva sin más adorno que un diminuto tapete verde que me heredó mi madre. El espacio es tan ridículo que espero se dé cuenta que los dos juntos no cabemos.

Además, resulta desesperante que después de tantos años de convivencia no obedezca mis órdenes y haga lo que le viene en gana. Pienso que aunque no tenga reparo en su actuar, al menos debería tener la consideración de preguntarme antes de hacerlo.

Nuestro primer “incidente””, por decirle de alguna forma, sucedió hace aproximadamente un año. Mi jefe y su esposa me habían invitado a cenar a su departamento y cuando íbamos de vuelta a casa, en el asiento del copiloto, descubrí el diario íntimo de la mujer de mi jefe. No es que su curiosidad por la vida de la señora resultara injustificada. Es tan exuberante, tan escotada. Y casada con mi jefe, con un hombre de inteligencia promedio, barbón y encorvado. Un Cuasimodo en traje sastre.

Admito que, aún un poco molesto por su hurto, hojeé el diario lo suficiente como para descubrir que la señora tenía un vasto conocimiento acerca de liposucciones, rinoplastias, botox, implantes de busto y que casi todo se lo había realizado en los tres años que llevaban de casados.

Pero no, aún no lo había engañado. Consideré que la razón para no haberlo hecho había sido la falta de tiempo entre cirugías. Calculé que lo engañaría en un par de años y que mi jefe nunca se daría color. Me equivoqué solo en parte. A los ocho meses, mi jefe, tan pasivo como era, enfrentó cargos por asesinato triple. Triple, porque hubo de acallar a la vecina que, según dijeron en el periódico, llegó histérica al escuchar los gritos en el departamento.

Y cómo olvidar aquella otra ocasión en que sacó los condones de la bolsa de la secretaria de la oficina después de que la escucháramos decir que llegaría virgen al matrimonio y que saldría esa noche con su novio; o la vez en que sustrajo la botella de vino con la que mi padre, ahora viudo, pensaba emborracharse hasta terminar tirado en la esquina de la casa maldiciendo a quien le pasara por enfrente, la misma botella que acabó en una esquina de mi departamento, hecha añicos, y dejando una mancha roja sobre el tapete verde de mi madre; o cuando ese poquito veneno para cucarachas que descansaba bajo el fregadero, terminó esparcido en la sopa que, después de prodigarme su consabido discurso sobre mis modales, estilo de vida y pocos logros, se cenó mi vecino.

Algunas veces creo que la solución a todo lo que nos pasa estaría en silenciarla. En amputarla. Seguro dirá en su defensa que todo lo hizo por mí, incluso aquello que evidentemente realizó para saciar su propia curiosidad.

Pienso que ha llegado el momento de hacer algo para impedir que vuelva a tomar la iniciativa de nuestra vida. Lo he pensado mucho y lo único que necesito es hacerme de unas tijeras quirúrgicas, algunas gasas y un poco de isodine.

Después, cuando todo esté hecho, sólo tendré que aprender a ejecutar todas mis actividades con la mano izquierda. Quedaría manco, sí, pero podría vivir, por fin, solo y en paz, bajo el cobijo de una casa grande.

Por Alisma De León

@azul_silencio

Alisma De León (Reynosa, 1974). Narradora y promotora cultural. Sus cuentos han sido publicados en la revista Posdata y en el suplemento Guardagujas de la Jornada de Aguascalientes, así como en medios electrónicos (Letralia y 15Diario). Primer lugar en la tercera categoría del concurso convocado por el IPN-Campus Reynosa, en 2011, con el cuento “Contrastes”. Participó en el libro “Rigo es amor, una rocola a dieciséis voces” (Tusquets, 2013) bajo la coordinación de Cristina Rivera Garza.

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