Cenicienta en tres tiempos

I.

Empezó a envejecer por las rodillas. Al dolor estaba acostumbrada. Hacía ya varios años que era una cuestión permanente, pero lo que la tenía mal era la disminución en la movilidad, en la respuesta que recibía de su cuerpo cuando el cerebro le ordenaba hacer algo tan simple como subir una escalera. Era como si tratara de comunicarse con un desconocido, en un idioma también desconocido. Como si los cables hubieran sufrido de un corto circuito, de tanto uso, de la pura vejez. Se negaba a admitir lo evidente y a pesar del miedo, que era otra cosa que antes no tenía, de moverse. A pesar del miedo, se tomaba de un barandal y subía cada uno de los escalones que se le presentaran casi sin pausa, sin mucho pensarlo. Aunque por fuera pareciera que se tardaba años, ella lo hacía en un suspiro, sin tomar aire siquiera. Llegaba a la cúspide agotada, sorprendida, convencida de que nunca podría hacerlo de nuevo. Y como todo lo que sube tiene que bajar, la primera hazaña implicaba su contraparte directamente proporcional, pero aún más peligrosa, la caída era más fácil, más natural, casi estaba implícita. Era una de las pocas ocasiones en que si había alguien dispuesto a ayudarla a pasar el trance, aceptaba la ayuda. Lo más dignamente que pudiera y sin hacer mucha alharaca, pero daba las gracias y realmente lo agradecía.  Prefería no caminar si no era necesario. Casi no moverse.

La vista por lo pronto estaba en un grado aceptable. La pequeña distorsión se corregía con unos lentes bifocales que no la incomodaban en lo más mínimo, podía leer, ver la televisión, bordar.

Bordar era lo más le gustaba porque tenía la opción de estar pensando mientras o no. Dejar que su mente vagara sin ton ni son, o relajarse y hacer una tarea mecánica. En todo caso no había otras palabras dentro de su cabeza más que las suyas

La cabeza por cierto, le parecía que aún estaba en estado impecable. Todavía era buena para hacer cuentas. No se le olvidaban las cosas, ni su origen, ni su edad, ni su tristeza.

Recordaba perfectamente que estaba sola, que la soledad empezó siendo circunstancial hasta que se convirtió una férrea decisión personal. De tanto dejarlo para después le empezó a gustar a tal grado que luchó por ella, la defendió por sobre todas otras muchas cosas y ahora no había manera de echarse para atrás. Ni modo. De quien hubiera podido acompañarla no quedaba nadie. A estas alturas no iba a ponerse a buscar amigos. De todas formas ya se iba a morir y eso también lo recordaba. La sensación de alivio que experimentó cuando le dieron la noticia se fue disolviendo con las horas.

Mientras ensartaba el hilo en la aguja se dio cuenta del significado de una enfermedad terminal. No habría más oportunidades para nada y claro estaba también la tentación de hacer un recuento de todo lo perdido y de no estar de acuerdo con la vida que le había tocado en suerte. Los arrepentimientos. Lo no bailado que nadie tendría que quitarle. La vista se le nubló, pero se negó a parar la labor hasta que un dolor agudo le traspasó justo donde la uña se unía con el dedo. Se había pinchado. Una gota de sangre manchó la perfecta letra “C” de punto de cruz que estaba entre los aros del bordado. Por un momento sintió que volaba hacia otro lugar, un lugar cualquiera, un lugar desolado y cubierto de ceniza pegajosa.

Un lugar desolado cubierto de la ceniza de los muertos. La ceniza era ella misma, ya concluida  y esparcida por todos lados. Volvió a su dedo pinchado y le exprimió un poco la sangre, como si pudiera de verdad sacarse el corazón de esa herida y trasladarlo a otro cuerpo. Uno más joven, uno que pudiera volver a empezar. Le pareció que las arrugas desaparecían de sus manos.

Tal vez no estaba tan bien de la vista, tampoco de la cabeza.

 

II.

La ciudad amaneció tapizada de un polvo fino  y pegajoso.  Los pocos automovilistas que habían decidido aventurarse a la calle tuvieron que estacionarse ante la poca visibilidad. Al intento de usar el limpia parabrisas seguía un sonido chillante, con la consecuente ralladura de vidrio.

Camila estaba sentada en la banqueta de la esquina de su casa esperando al camión escolar.

Dejó a su mamá y su hermana dormidas como todos los días. Se preparó el desayuno en silencio, un cereal para no dejar. Metió sus cosas en la mochila y caminó dejando sus huellas sobre la alfombra polvosa de esa mañana hasta ocupar su lugar de siempre. No le importó que la falda de cuadros se embadurnara con aquel polvillo omnipresente, ni que las calcetas perdieran la blancura, ni que el camión no apareciera.

Era la imagen de un mundo desolado en presencia de su último habitante, que en vez de entrar en pánico, hacía dibujos en el suelo con la rama de un árbol.

Camila escribía letras al azar y después las transformaba en otras. Luego con el pie aplanaba otra capa de esa tierra grisácea en su particular pizarrón y volvía a  empezar. Se oyó un ruido a lo lejos, como un trueno. Enseguida una llovizna del mismo polvo empezó a caer del cielo. Otra capa silenciosa de polvo que unificó el tono de todo el paisaje, con todo y su única inquilina. Ahora también ella era gris. Las trenzas, los lentes, los hombros. No pareció molestarle, seguía absorta en su mecánica tarea. Podría haberse quedado ahí para siempre, pero no. La tranquilidad se estrelló al ritmo de los típicos chanclazos de su mamá.

—Niña, ¿cuánto tiempo llevas allá afuera? Están diciendo en las noticias que hizo erupción el Popo. No va habrá clases. Tenemos que acuartelarnos en la casa hasta nuevo aviso. Alerta roja, ¡roja!

Volteó la cabeza lentamente como si su apatía pudiera conjurar esa terrible noticia, como si las cosas pudieran quedarse así. Deseó que una ola gigante de lava llegara y arrasara con todo, pero no. Tuvo que levantar la vista hacia la cabeza entubada de su mamá que estaba a punto de explotar, como el volcán.

De alguna manera el desastre natural era su culpa. Merecía un regaño desde luego.

Mientras su mamá seguía pontificando, Camila pensaba en cómo sobreviviría la cuarentena familiar.

Empezó por dejarse caer en el sillón para ver qué dirían los noticieros, pero no duró. La ceniza, la vida, la realidad no tenía cabida en ese hogar. Importaba todo lo no importante y al revés. La mandaron directo a volverse a bañar. Otro sinsentido. Tapó las coladeras, manchó las toallas de ceniza y aun así quedó totalmente cubierta del polvo traslúcido. Se quedó desnuda en la regadera ya cerrada. Observando como la luz se reflejaba en su piel. Se gustó tanto. Parecía un hada más poderosa que cursi. Tal vez la erupción era la señal de que por fin tendría súper poderes. Ya sabía que no era cierto, pero según lo poco que oyó al locutor de la tele, tendría que quedarse en su casa por lo menos una semana. ¿Qué más daba fantasear un poco? Otra vez la interrumpieron. Podría jurar que siguiendo el mismo ritmo de los chanclazos, empezaron los golpeteos en la puerta.

—Camila, ya salte que me toca bañarme. Todo está asqueroso, apúrate.

¿Qué importaba el tiempo? Un volcán puede esperar cientos de años sin explotar, tal vez no hacerlo nunca, vivir latente, como ella. No había necesidad de apurarse.

Se rehusó a abrir la puerta, empezó a trazar letras en el espejo, vocales y consonantes preciosas, enmarcadas en polvo de hada.

Los golpes continuaban cada vez más fuertes, cada vez más seguidos.  Camila no abría. Cuando los gritos histéricos de su mamá la cercaron y estaba a punto ceder. La tierra empezó a moverse imperceptiblemente en un principio, después el pequeño vaivén creció, como los golpes en la puerta. Camila se movía sin querer de arriba hacia abajo. Los pies resbalaron en los mosaicos. La cabeza pegó en el fregadero ahogando los gritos.

Silencio.

III.

La sensación era de soledad, como siempre. La vida era gris como siempre. Pero ahora la atmósfera le daba la razón. Su marido hizo como si no pasara nada, se bañó mientras ella permanecía sentada en el excusado con una toalla como turbante. La hizo a un lado cuando le estorbó para rasurarse, se vistió con todo y corbata, se untó el pelo de gel, tomó el portafolio y se acercó a darle un beso al aire que la rodeaba, no a ella, nunca a ella.

—¿Vas a salir con todo y la erupción?

—Claro, tengo que trabajar, tengo que ver que todo esté bien en la oficina, tengo una cita. ¿Tú no?

—No, yo no tengo nada.

—Que si no vas a ir a trabajar. Se te está haciendo tarde y ni siquiera te has vestido.

Ni siquiera, ni quisiera.

Se fue como siempre, ni un ademán de diferencia.

Ella siguió sentada con su toalla en la cabeza que con el poco aire que entró del mundo exterior se tornasoló cenicienta. Mejor dar el siguiente paso.

Nunca le había tocado tan poco tráfico. A pesar de que la ceniza aminoraba un poco la visibilidad y entorpecía la marcha, el camino estaba despejado. Se sorprendió al encontrar a la chica que vendía periódicos en el cruce del semáforo. Llevaba un sombrero de paja tapizado de ceniza y los diarios empaquetados en bolsas de plástico. Camila echó una ojeada, eran de hacía tres días. Sacó un billete grande de la bolsa.

—Dame todos y vete a casa.

La chica estuvo tentada, pero se negó.

—Si no estoy aquí vendiendo, qué voy a hacer.

Camila entendió.

—Quédate el billete, me lo vas descontando.

—Gracias, amiga.

Continuó con las ventanas cerradas, ya sentía como el fino polvo empezaba a transitarle por dentro del cuerpo. Milimétricos cristales que iban rasgando poco a poco el camino de las vías respiratorias, desde la mucosa de la nariz hasta los pulmones. Tosió con acento enfermo, pero nadie pudo oírla.

No había mucha diferencia con lo que hubiera sucedido de estar en casa o en el trabajo. Ahí, aunque pudieran oírla, era como si no hiciera el menor ruido. Era el árbol que caía en el bosque, con el bosque lleno de testigos, que eran unos expertos en ignorar las caídas de árboles. Ahora por lo menos tenía oportunidad de escucharse y preocuparse por sí misma. Esa tos no sonaba nada bien, pero era suya y derivaba tan sólo de su decisión. Esa era la idea. Camila escapó de todo, de su trabajo, de su casa, de su esposo, de su madre y hermana, de todas las escaleras del mundo.

Cuando se dio cuenta de que la tierra temblaba, el cielo se ponía gris y todo podría cambiar de un momento a otro, incluso terminarse, dejó de darle vueltas. Ya no podía esperar a que las cosas se arreglaran por un milagro. Era más pegajosa la rutina que soportaba a diario que la ceniza pertinaz. El desastre era su milagro, su acto de Dios.

Dejó una nota en el refrigerador:

“Tengo que ver el volcán de cerca.

C.”

Por Catalina Kühne Peimbert

@jipimami

(Ciudad de México, 1971). Narradora. Ganadora en la categoría de ensayo en el certamen los “Reconocimientos de Lenguaje Ciudadano” entregados por la Secretaría de la Función Pública y la Red del Lenguaje Claro. A.C.. Primer lugar en el  Segundo Concurso de Cuento realizado por el Museo de Arte Popular 2008 con el cuento “El mismo que viste y calza”. Ese mismo cuento fue publicado por Editorial CIDCLI y seleccionado en 2012 para las bibliotecas de aula de la SEP. En 2013 publicó el cuento “Iguanas, ranas” (Editorial CIDCLI) y “Al pie de la letra” (Editorial Colofón), ambos seleccionados por CONACULTA para coedición.

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