El día que se acabó el algodón

En los veranos de mi infancia mis padres solían llevarnos, a mis hermanos y a mí, al mar. Nos vamos al mar, gritábamos los niños, entre algarabía y búsqueda de trajes de baño, al irnos a la Playa Washington o a Puerto Isabel, Texas. El viaje al mar del domingo 28 de julio de 1957 fue — en mi mundo infantil— el día en que se acabó el algodón.

Viajábamos ese domingo de Reynosa a Matamoros. El radio hablaba del misterioso asesinato, dos días atrás, del presidente guatemalteco Coronel Castillo Armas y lo alternaba con noticias sobre el sismo de esa madrugada en la Ciudad de México. Dos trágicos hechos que me impresionaron menos que la conversación de mis papás; algunas palabras me eran desconocidas, yo aún no acababa la primaria: hablaron de desastre agrícola, dumping algodonero, plagas y corrupción. Y luego escuché: Se acabó el algodón. Como había pérdidas y deudas sólo quedó vender las tierras. El rancho El Rameño ya no era nuestro.

Y ese día quedó grabado en mi mente infantil como tajante certeza del fin de un mundo personal, esencial y hermoso. Mis recuerdos de siempre fueron de algodón, así fue desde que pude razonar. Para Reynosa este cultivo significó un gran auge, una era de bonanza cuya culminación nadie en la región esperaba ni deseaba. Pero llegó. Y cuando se nos fue el algodón, algo de la paz y la armonía del pueblo se fueron con él.

El algodón fue para los reynosenses de esa época sinónimo de provincia risueña. Fue  cultivo redentor, noble donante de blancos campos mecidos por el aire de la tarde. Su producción proveyó a la región de progreso y movimiento porque, directa o indirectamente, todo mundo tenía que ver con el cultivo. Los propietarios de ranchos algodoneros, sus esposas, hijos e hijas en edad de trabajar en las vacaciones escolares, todos tenían algún desempeño en la labor o en los negocios con las compañías algodoneras o en la reciba o en los camiones de carga. Era tal el auge que trajeron gente de otros lares para trabajar los campos algodoneros, a familias completas para la pizca del albo capullo, y aquí era jauja para los negocios.

Restaurantes, cafés, oficios, profesionistas, tiendas de curiosidades para el turismo norteamericano, mueblerías, tiendas de ropa, zapaterías, ferreteras, madereras, anunciaban la Gran Venta del Algodón o la Liquidación de la Cosecha, pues con las pizcas había dinero para todos. Por eso llegaban los circos en julio y agosto, y además cada año teníamos las fiestas del verano, alegres bailes y verbenas para elegir a la Reina del Algodón. Desde meses antes los desfiles de carros alegóricos comenzaban, daban el rol por todo el pueblo, con música y algarabía de cláxones y magnavoz para anunciar las fiestas de coronación, y entonces las flamantes camionetas pick up de los agricultores desfilaban con sus pacas de algodón, circulaban despacio y los niños y las niñas teníamos permiso de subirnos en ellas y ser parte de la fiesta popular, cantando, saludando; cohetes lanzados por los que seguían el desfile, anunciando las Fiestas del Algodón y su gran baile amenizado por las orquestas más importantes de México. Las niñas aún con calcetas podíamos asistir y desde nuestra  mesa veíamos bailar a las muchachas mayores con sus novios. El símbolo del algodón nos arropaba amorosamente, como pueblo cálido y bueno que éramos.

Por esto, al saber que ya no habría más algodón, aquel domingo de verano del 57 yendo al mar, sentí tristeza. Y comencé a sentir nostalgia por la imagen de papá, de sombrero tejano, regresando del rancho en su pick up, trayéndome matitas de algodón con flor. Esto lo tengo muy claro. Curiosamente no tengo recuerdos del mar de aquel día. No pude comprenderlo entonces, pero parte de mi infancia estaba terminando. Era difícil aceptar que ahora  el campo blanco bajo el sol del verano, el río Álamo de aguas transparentes y la represa, con su cascada de arcoíris, el arroyo claro con fondo de piedra lisa, lugar de mis  juegos infantiles – el querido Rancho El Rameño-, ya no sería más nuestro; era difícil entender que aquel inmenso reflejo de sol blanqueando el horizonte -el maravilloso algodón- se nos había acabado.

Por Graciela Ramos Domínguez

(Reynosa, 1946).Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

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