El errante

Justo en ese momento, antes de comenzar las noticias de las diez, esa vieja loca me apagó la televisión. Recogió su plato de galletas a medio morder  y la taza de chocolate del que sólo había tomado la espuma. Respiré fuerte para que escuchara y entendiera mi enojo, pero ni siquiera volteó a verme. Puse las manos sobre las ruedas de mi silla y empecé a moverme para dar el recorrido e inspeccionar que todo marchara como debía de ser; como cada noche que recorría el pasillo.

 —Tus hijos siguen dejando sus porquerías por todos lados, qué falta de respeto para este viejo que no puede andar— dije casi a gritos.

Abrí la puerta  de la recámara de mi hijo. La música en sus oídos me hizo pensar que cualquier palabra que le dijera quedaría en el aire, aún así logré gritarle: Apaga ese ruido que por eso te estás volviendo loco y para locos, ahí está la calle. Cerré la puerta.

Me dirigí  a la recámara de al lado y abrí lentamente para pasar desapercibido. La cama aún estaba tendida, sobre ella, un pingüino me miró, sin moverse, con sus enormes ojos negros.

—¿Dónde está tu hija?— grité —Seguramente anda en las calles como una cualquiera, sabes que no me gusta que ande por donde le da la gana.

Nadie respondió, seguramente el ruido de la música hizo que no escucharan. Después de una hora, el volumen de la música bajó un poco. Recorrí todo el pasillo hasta llegar al final de él. Una luz muy débil salía por la puerta entreabierta que se encontraba frente a mí, la empujé un poco pero el rechinido de las bisagras hizo voltear a mi mujer. Inmediatamente giré las llantas de mi silla para atrás y alcancé a ver su sonrisa que me decía que sabía que yo estaba ahí.

Tomó mi fotografía, la puso a un lado del espejo y encendió una veladora. Entrelazó los dedos bajo la cabeza y, con voz muy baja, dijo: Gracias, Dios mío, por esta segunda semana llena de paz en mi vida. Apagó la lámpara del buró y se recostó en una cama individual con sábanas limpias.

La vi sonreír mientras dormía, me acerqué a la ventana para ver a los perros que me ladraban desde la banqueta. Miré el recorrido de la luna para hacer tiempo a que amaneciera y poder oler el café del desayuno como cada mañana.

Por Asenat Velázquez Jiménez

@AsenatLdi

(Papantla, 1984). Poeta y narradora. Radica en Reynosa desde hace 19 años. Ha participado en diferentes recintos con lectura de cuento y poesía. Acreedora en conjunto del Programa de Desarrollo  Cultural Municipal 2004 – 2005 para la publicación del libro de poesía “Celebres Ocultos” editado en octubre 2005.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s