Ramo de violetas

te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,

sin encontrarte nunca

Rosalía de Castro

La humedad de un sueño la despertó. Soñó que un hombre con un ramo de violetas la abrazaba en el centro de un prado, en el centro del mundo. No había límites ni muros ni horizontes. Sobre el césped, húmedo y brillante, flotaba una capa espesa de libélulas. El hombre metía la mano bajo su falda. De la vagina sacaba espigas de pasto y vainas de frijol.

Permaneció inmóvil bajo las sábanas durante unos minutos. Últimamente los sueños la sacudían de pies a cabeza. Por la ventana entraba el viento de marzo y los sonidos débiles de la noche dormida. Se levantó a enjuagarse el rostro. Frente al espejo, descubrió arrugas nuevas que rodeaban sus labios. Dibujó una sonrisa leve pensando en las manos del hombre de las violetas. Un hilo viscoso escurría por su muslo.

Sobre la mesa, una pila de libros y un jarrón. Siempre había colores frescos en la casa. Habló con las flores. ¿Qué les parece? ¡Espigas de pasto y una vaina de frijol adentro de mi cuerpo! Los nardos y las rosas descansaban en su misterio. Ahora no contestaron ni con el movimiento de una hoja.

Amalia apoyó la cabeza sobre el vidrio de la ventana. Tras el cristal, la luz amarilla de los faroles se mecía entre las copas de los árboles del parque. La ciudad era un monstruo acurrucado en la oscuridad. De pronto, de la quietud y el silencio, nació una certeza: alguien la esperaba en algún sitio.

El insomnio caminaba lento. Encendió un cigarro y empezó a leer un libro de poesía. Varias páginas sin sobresaltos hasta que la respiración se detuvo en unas líneas. Leyó en voz alta: “Yo no sé lo que busco eternamente / en la tierra, en el aire y en el cielo; / yo no sé lo que busco; pero es algo / que perdí no sé cuándo y que no encuentro.” Un repentino impulso la sacó de la calma. Ardió en el deseo: salir a buscar. Una voz la llamaba en la lejanía.

Se subió al coche. Condujo por la carretera, un túnel de terciopelo negro. La música de las guitarras hizo el camino más suave. ¿Dónde está el hombre de las violetas? ¿Por qué me está buscando?

Por fin, el amanecer abrió las manos. Después de siete horas de viaje, Amalia entró en un pueblo de tierra roja y campos verdes. De golpe, los recuerdos de los lugares más bellos que había visto. Ningún paisaje era tan hermoso como el que tenía alrededor. El sol ascendía. También crecía su ansiedad: aumentaba la sensación de estar muy cerca de lo que buscaba.

Caminó sobre la plaza. Un anciano alimentaba a las palomas que se posaban en sus hombros. Entró a desayunar en un restaurante antiguo. En las paredes había fotografías en tonos sepias. El dueño del café le contó la historia del pueblo.

En la esquina de una de las fotografías encontró al hombre con un ramo de violetas en las manos. Amalia regresó a casa tres días después. En la cama había crecido el césped.

 

Por Carmen Alanís

@LaBauba

Narradora. Ha trabajado en el área de libros y lectura en algunas instancias culturales. Promotora de lectura. Tallerista en temas de cultura escrita. Docente en áreas de literatura. Lectora en voz alta. Ha publicado en las revistas MiaUtopía, Variopinto, Snob y Barrio Antiguo.

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