Caprichica

Desde que nació la complacieron en todo. Bastaba que levantara su manita y enseguida tenía a su disposición mimos, biberones y juguetes. Parecía tener la facultad para convencer a todo el mundo de hacer lo que ella quería. Con una sonrisa era suficiente, todo se le concedía. Privilegios en el trabajo, trato especial en las tiendas y supermercados y ni mencionar de las atenciones de miles de galanes, dispuestos a lo que fuera por ganar su aprobación.

Para Jimena la vida era pues un camino pavimentado y adornado a su gusto, donde nunca se había tropezado con ningún contratiempo.

En ocasiones ella misma se ponía obstáculos probando la paciencia de la gente.

Iba a una zapatería, tenía al dependiente dos horas yendo y viniendo con distintos modelos, para de pronto, levantarse con un mohín desaprobatorio sin comprar nada. No importaba, de todas maneras le regalaban la bolsa de promoción.

Hacía que su novio fuera por ella al aeropuerto a altas horas de la noche, le llevara flores y cuando llegaban a su casa lo despedía argumentando dolor de cabeza. No había problema, el novio la despedía con un beso, después de regresar de la farmacia con aspirinas.

Todo estaría muy bien, de no ser porque Jimena se aburría. Nada, nada, nada de nada le hacía ilusión. Empezaba a sentir un vació en el estómago cada vez que alguien le volvía a decir que sí a todo.

Se volvió distraída y taciturna, no valía la pena siquiera hacer el esfuerzo de ser simpática, menos encantadora, si de todas formas la gente haría lo que ella quisiera.

Un día que parecía como cualquier otro estacionó el coche justo enfrente de su oficina en un lugar prohibido. Cuando bajó su coche no estaba. Los vecinos le dijeron que se lo había llevado la grúa. Jimena preguntó al portero lo que debía de hacer y se encaminó a sacar el coche del corralón.

En las oficinas de tránsito se encontró con una fila larguísima en la que por supuesto, todos le iban cediendo el lugar, hasta que delante de ella sólo quedo una señora ya entrada en años, de aspecto humilde que no lograba hacerse entender con el tipo que atendía en la ventanilla.

El susodicho burócrata estaba en mangas de camisa y apenas prestaba atención a la señora. Estaba escuchando un partido de fútbol a todo volumen y gritaba eufórico con cada jugada de su equipo, haciendo un desagradable bailecito celebratorio a su compañero de oficina que por lo visto estaba perdiendo una apuesta por centésima vez.

Jimena sintió una extraña punzada en el estómago.

El tipo la vio por encima de la cabeza de la señora y le sonrió:

—Enseguida la atiendo, señorita.

Y volvió a la señora.

—Entonces, ya se lo dije, no puede recoger el coche a menos que me traiga copia de su credencial  de elector, de su licencia, de la tenencia, del pago de todas sus multas, comprobante de domicilio y recibo de teléfono.

—Pero en el reglamento dice que basta con los originales y es lo que yo traigo aquí…

—¿Y quién va a saber más señora, usted o yo? Vaya a sacar las copias y no pierda más mi tiempo y el de todos los que están esperando.

La punzada que remplazó el vacío que Jimena sentía en el estómago, le subió por la garganta, la boca y los ojos, hasta convertirse en una fuerte presión en las sienes que no le permitía mover la cabeza atenta a cualquier movimiento del burócrata.

—Es que no hay ninguna papelería por aquí y para cuando regrese con las copias, ya va a estar cerrado y es el tercer día que trato de sacar el coche y la verdad es que…

—¿Me está llamando flojo? ¡Eso es lo que siempre pasa con ustedes viejos ignorantes, uno se desloma trabajando para ustedes y no hay forma de hacerles entender nada!

La anciana bajó la cabeza y estaba a punto de dejar su lugar en la fila, cuando el tipo se agachó y casi de manera inaudible le dijo:

—Mire, pórtese bien, le saco las copias y el trámite hoy mismo, a mil pesos.

Una sensación de total tranquilidad se abrió paso en la cabeza de Jimena, al mismo tiempo que se puso frente al mostrador esbozando la mejor sonrisa que jamás había ocupado sus labios.

—Si escuché bien se ha ofrecido a agilizar el trámite a la señora, ¿no es así?

El tipo levantó la cabeza que se ruborizó y empapó de sudor en un solo segundo.

—Eh, este… no es lo que usted piensa, señorita, deme los datos de su coche y vemos enseguida que ha sido de él para que pueda seguir atendiendo a la señora.

—No, si me parece admirable que a pesar de que hace tan sólo un momento parecía tan molesto, haya recapacitado y vaya a solucionar el problema de esta dama, no sólo cumpliendo con su trabajo, sino además haciéndolo más rápido de lo normal.—El tipo la miraba estupefacto—. Porque dijo que le iba a sacar las copias y el trámite a mil por hora ¿no?

—Eso. Eso mismo dije, es cosa de cinco minutos a lo sumo.

En la radio el equipo contrario metió un gol, dándole la voltereta al partido.

 

Catalina Kühne

@laderaizquierda

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