Maravilla en llamas

El incendio no fue el verdadero problema, aunque ustedes digan que sí y que por eso estoy aquí. El verdadero problema, si me permiten contarles, es que yo, el día que nos casamos, escuché con atención la epístola de Melchor Ocampo, ¿la conocen? En especial aquello que dice: “Éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano”. ¿Ven? “Suplir las imperfecciones del individuo para llegar a la perfección”, digo, ¿qué le costaba? Ah, no, pero en lugar de eso, vivimos bajo otras normas y sobrevino este desastre. Estoy tan pero tan molesta.

No pueden saberlo pero esa vida casi nos funcionó, hasta ahora. Verán, nos casamos a los veintidós, tuvimos a nuestro primer hijo a los veinticuatro y al segundo, a los veintiséis. Tengo estudios de maestría, pero alguien debía cuidar de los niños. El problema, supongo, es que todos nos cansamos en algún punto.

El día del siniestro, como ustedes le llaman, tuvimos una de tantas discusiones. Hacía tres meses que había vuelto a mi trabajo (él no estaba contento con eso, pero lo prefería a amarrarse el cinturón y tener que abstenerse de sus salidas nocturnas), los niños no estaban en casa y yo había recibido un llamado de la oficina para una audiencia de última hora. El boiler estaba apagado, le pedí que lo prendiera y dijo que si tanta prisa tenía, lo encendiera yo. ¿Pueden creerlo? Algo tan simple como prender el boiler y se puso aristócrata. No es que necesitara de su ayuda, en realidad lo que necesitaba era ahorrarme algo de tiempo para poder salir cuanto antes.

Como pasaban los minutos y nadie se movía, bajé para hacerlo yo misma. Él, al verme salir, pasó a mi lado y en un arranque de presunción, se detuvo frente el boiler, abrió la puertecilla, sacó el encendedor y, al maniobrar con el fuego, vi que olvidaba colocar el regulador en piloto. Al instante, se escuchó la explosión y todo a su alrededor se prendió. El viento desvió el fuego y éste alcanzó las ramas de los árboles más retirados, de ahí se extendió a todas partes y entonces, llamas a mí, y no quedó lugar de la casa y el patio sin calcinarse. ¿Qué dónde estaba yo? Pues al primer flamazo, corrí y lo observé todo a una cuadra de distancia.

Después llegó la ambulancia y ustedes detrás. Una vecina, que me odia, me señaló. Vi a mi esposo irse en la camilla y a los bomberos intentar controlar el fuego. A mí me esposaron y la patrulla me trajo aquí.

Sé que me acusan de intento de asesinato pero, en realidad, no es más que un malentendido. Sólo soy una pobre casi viuda, ¿lo ven? Porque nada, se los aseguro, nada de esto hubiera pasado si él no fuera tan necio y si tan solo recordara que, en este mundo de mujeres maravilla, la inmortal soy yo.

Alisma De León

@azul_silencio

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