Mudanzas

Hay personas que nacen para mudarse; otras, nacen exactamente para lo contrario: para quedarse. Y es que para cambiar de ciudad, de casa, de escuela –o incluso de opinión– se necesita una vocación especial. Yo siempre creí que la tenía a pesar de formar parte de una familia que, indudablemente, nació para quedarse.

Muchas veces me puse a pensar de dónde venía ese afán de moverme de un lado para otro. Como suele ocurrir cuando la respuesta es obvia, no reparamos en ella de manera inmediata. Tardé años en advertir que en realidad mi familia –que ha nacido para quedarse– jamás hubiera existido si mi abuelo no hubiera nacido para mudarse: mudarse de verdad; tan de verdad que la palabra ‘mudanza’ le queda corta, porque para dejarlo todo se necesita una palabra distinta: emigrar.

Nunca conocí a mi abuelo, pero a partir de entonces he pensado mucho en él. Lo imagino a veces en la sala de la casa vieja de mi abuela, anclado a un lugar dentro de sí en el doloroso silencio de una lengua inservible.

A partir de eso comprendí lo que en verdad significa quemar las naves y, por supuesto, se derrumbó mi fantasía de haberme convertido en una “mudadora” profesional. Ya lejos de esa idea, me di cuenta de que yo tampoco he salido indemne de mis mudanzas. Sin importar las razones por las que alguien se mude, hay en ese acto un deseo de sobrevivir: vivir más, vivir después de la muerte. Una imposibilidad en el fondo. Quizá mudarse se parezca mucho a ser un recolector de tesoros, con la diferencia de que una vez en la maleta cada piedra comienza a perder brillo y consistencia. Pero también me gusta pensar que ocurre lo contrario, que en cada ciudad donde viví alguien recolectó una parte de mí que desconozco; que en cada casa queda alguna risa mía incomodando a los nuevos inquilinos, un clavo o un mosaico que yo rompí con un mal paso de baile y nadie se molestó en arreglar; tal como ocurre cuando voy a la que fue la casa de mi abuela e imagino ahí al abuelo que nunca conocí, pero que –como yo– la última vez emigró cerca del mar para ver siempre a casa.

Nidia Cuan.

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