Quimeras y catástrofes

Tengo un amor imposible y secreto. Por obvias razones no diré su nombre, basta con saber que no es y no será. La semana pasada soñé que le robaba un beso. Reprobó mi acción con la mirada, cruzó los brazos, negó con la cabeza. Disculparme no bastó, caminó para alejarse y yo me desperté con un hormigueo dulce en los labios y la cálida punzada del remordimiento en el pecho.

Hace mucho tiempo que no soñaba. En días normales me gana el peso del cansancio y despierto por la mañana con la sensación de haber cerrado los ojos sólo un instante.

Anoche, en cambio, soñé con el fin del mundo. Llovían coches convertidos en bolas de fuego. Me perseguían humanoides de chatarra y fierro viejo, con apetito zombi, y al mismo tiempo esquivaba pequeñas catástrofes: botes de basura desbordados o mascotas en llamas. Junto a mí corrían un vaquero anciano y una mujer gorda de cabellera rubia, presumo que tenían un romance.

Somos capaces de extraer de nuestro subconsciente a los personajes más extraños que podríamos idear. Ignoro si alguna vez vi en la vida real a esa pareja de raros enamorados, pero en mi sueño pude sentir que se querían, sentí también envidia y rabia por no tener un cómplice para sobrevivir al apocalipsis zombi.

Antes de ser imposible, y sobre todo secreto, en otros sueños ese amor mío me correspondía. Hace un par de años soñé que se me declaraba a bordo de una monster truck. Entre lodo y escombros, a toda velocidad y sin frenos; “me gustas un chingo”, decía. Estábamos a punto de besarnos cuando nos estrellamos y desperté. Recuerdo que esa mañana fui muy feliz a trabajar.

Aunque esa felicidad no se compara con la de soñar a mi papá. Tener la oportunidad de abrazarlo, aunque sea en sueños, es más un regalo que una tristeza. Los muertos se manifiestan oníricos tal como les gustaba lucir en vida, con su ropa favorita, a su mejor edad, con la sonrisa de un buen recuerdo.

Me gusta soñar. Los sueños son poesía y cuento. En ellos hacemos cosas que por diversas razones no haríamos despiertos, o no podríamos. Surrealistas, como tener una aventura con un rockstar; serle infiel a tu pareja con su mejor amigo vampiro; o vivir en unión libre con el actor de moda en la mansión de playboy.

Soñar se parece mucho a escribir historias. Sólo que cuando las escribes, no te das cuenta.

Abby García

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