TAM-TAM O DE CÓMO EXPLICARSE LA INFANCIA CON UNA LEYENDA

Cuenta la leyenda que llegaron 50 hombres, 50 mujeres y una mariposa. Esa embarcación no era un barco. Dicen que la palabra barco le quedaba grande. Era, quizá, un bote, una vela apenas, un mástil. Una lancha, pensó Ella. De las alturas, una voz, ¿la de Dios, acaso?, dijo: Moraréis en tierra frágil, en una línea de sol sobre las aguas. Y todos obedecieron y se arrojaron al mar y nadaron hacia la orilla, llevándose consigo sus moscas. Serán sus palabras, ordenó la voz, su lugar el eco del tambor: tam-tam, tam-tam.

Fue así como llegaron al paraíso. Ámbar. En nada se parecía a la tierra prometida. Cada uno agradeció la bondad de Dios. Todo se anega, dijo un hombre. Las horas, contestó otro. ¡Carroña!, ¡letargo!, gritó uno más. Y las mujeres, que antes de aquel día eran mudas, descubrieron el pecho y lanzaron una oración: tam-tam las olas tam-tam espuma peten-ak peten-ak. Y el mar hizo nudo su corazón de mar y se replegó como un perro manso. De un árbol de flores mínimas cayó un fruto: tan breve para cien bocas y una mariposa.

I

 

Aquí nada dura, linda, dijo la abuela con sus tres dientes. El patio es un cementerio. Ella corrió con sus piernas flacas, antes de que la abuela sonriera y con impudicia mostrara las encías casi desnudas. Corrió rápido, justo antes de que la besara y dejase una rastro de caracol sobre su frente.

Olfateó el patio como un animal. Tocó con sus manos de animal las hojas y las piedras. Resuelta, asió la soga del pozo con sus cinco deditos de animal. Su cara temblaba en el agua.

Pensó en que nadie le había dicho cómo separar lo vivo de lo muerto. ¿Estás muerta, abuela?, dijo en voz alta. Debes estar muerta.

Quiso saber si las flores estaban vivas, si muerta la semilla lisa del árbol de aguacate, si su reflejo; si vivo, quizá, el duende de piedra. Dio una vuelta por el patio, los pies golpeando el césped. Y a su paso el vuelo de diez moscas la dejó sin voz.

II

 

¿Ella, quieres ir a ver el pulpo?, dice la madre. En sus sueños, el pulpo la toma de la mano.

Su cuerpo de cantera es blando y elástico como el de los caracoles. Brazo a tentáculo recorren la plaza mientras los otros los miran de reojo: tienen miedo de saber quién es ese pulpo, tan rosa rosado rosadito, que lleva a una niña colgando. No me beses, pulpo. No me beses, ruega Ella. El pulpo retrae sus ventosas y toma un puñado de arroz para alimentar a las palomas. Arroz no, dice la niña, les va a explotar el buche.

El pulpo la escucha, pero sus sesos son todavía de piedra. Con el cuarto de sus ocho brazos lanza festivo el arroz al suelo y se carcajea coronado de zanates. Palpitan sus tres corazones cuando una paloma se acerca. Tan tímida. Tan boba. Ella se lleva las manos al rostro: No, no quiero ir a ver al pulpo.

Nidia Cuan

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