Polvos mágicos

Es domingo por la noche. Por quinta vez, en mi corta estancia en Monterrey, empaco todas mis pertenencias en cajas de cartón. Ésta es la definitiva, pienso. Y suspiro.

Tomo un libro. Es un volumen grueso, de pasta dura; una novela que ganó un premio en 2003, una edición conmemorativa del décimo aniversario. Lo dejo caer al fondo de la caja y el polvo despierta un estornudo. Para mí siempre será el que compré con el primer sueldo de mi primer trabajo en esta ciudad.

El siguiente tiene una portada más elegante: sobre fondo blanco yace la tipografía dorada del título. Otra edición especial, esta celebra el quincuagésimo aniversario de la publicación. Es una novela clásica que, dicen los que saben, todos deberíamos leer, aunque, después de leer muchas otras cosas, lleguemos a odiarla. Este libro es el primero que compré ya instalada en un depa del Centro, cuando descubrí la librería EDUCAL de la Cineteca durante mi primer paseo por Fundidora.

Ese día también elegí una novela gráfica que no veo por aquí, ¿dónde estará? Entonces llega a mi memoria aquel Ex –ahora tan odiado e innombrable– que se quedó con el maravilloso ejemplar.

La caja se va llenando y veo que extraño libros que no poseo. Entre ellos está uno de placer enorme, es apenas una novelita que leí en hora y media, pero no por breve menos valiosa. Es ésa de la canción de Café Tacuba que hasta película tiene. La devolví bajo amenaza y sin querer.

En mi bibliotesoro también está una novela erótica que jamás regresó a su dueño; una antología de cuentos, maldita –cada vez que intentaba leerla, alguien interrumpía mi lectura–; y el poemario de terror que compré el día que me gasté toda la quincena en la FIL de Monterrey.

Poco sabía sobre ires y venires antes de llegar a esta ciudad. Un día llené una maleta con algo de ropa y tomé de la repisa mi novela de terror favorita –que ahora tampoco encuentro–, luego compré un boleto de autobús rumbo a la Ciudad de las Montañas. Abandoné una buena cantidad de libros: la saga de vampiros que me regaló mi novio de los diezytantos, una antología de poesía mexicana, que leí durante la primaria, y el diario de versos que escribieron mis papás cuando eran novios.

Hoy poseo un librero renovado y lleno. Debajo del polvo, que me gusta llamar “mágico”,  apilo momentos, nombres, etapas de mi vida, sin orden de género o autor. Desde ahí respiro las letras que me animan a leer en voz alta y el ritmo que me hace predecir las palabras como si supiera la lectura de memoria. Ahora lo entiendo, cada vez que lleno una caja con libros –míos, ajenos, ilustrados, de letritas, de poemas, novelas, cuentos, malos, muy malos, peores, etc– me guardo y me resguardo con ellos. Aunque durante el trayecto al nuevo hogar la caja se maltrate, la esperanza estará en reconstruirse de nuevo a los pies del librero.

Abby García

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One thought on “Polvos mágicos

  1. Qué lindo, Abby. Y es verdad, las cajas más pesadas en las mudanzas, son las de los libros, por eso se van quedando unos en el camino.

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