Sálvese quien pueda

Hace poco un holandés viajó hasta el sur de China para ver a una joven de 26 años que conoció por Internet, sin embargo ésta no se presentó a recibirlo y el romántico galán decidió quedarse en el aeropuerto hasta que llegara su enamorada; el cuerpo le dio para diez días, después de los cuales perdió el conocimiento y fue rescatado por las autoridades para ingresarlo a un hospital.

Al ser cuestionada la novia virtual dijo: que estaba muy ocupada haciéndose una cirugía plástica (¡), que según ella la cosa no iba tan en serio, que siempre pensó que eso de que la iban a ir a ver eran puras habladas y que de todos modos, ni era para tanto. Así dijo, pero en chino. (A lo mejor por eso tanta confusión).

Una historia curiosa más de estos tiempos modernos, pero si la volvemos metáfora, o mejor aún, parábola, ¿qué enseñanzas podríamos extraer? Estoy segura de que por lo menos una vez en la vida, todos hemos sido ese holandés ilusionado, bien pendiente de cualquier movimiento cercano a la puerta en la que seguro hoy sí va a aparecer el amor de nuestra vida. Si clarito se veía en Facebook, en sus gestos, sus promesas, esos ojos tan sinceros, que en serio, nos quiere mucho y seremos felices para siempre. Sólo es cosa de esperar diez días, meses, años, mal durmiendo y peor comiendo hasta caer enfermo y ser llevado por un alma caritativa al hospital, si tenemos la suerte de que haya alguna por ahí.

¿Más vale decir “aquí corrió que aquí murió”? Creo que sí, creo que debe llegar un momento, que de preferencia sea anterior a caer en la camilla, en que uno recapacite, levante sus bártulos y se aleje del bosque de la China por su propio pie.

Y no es que no crea en el amor, ni en que en ciertas circunstancias es indispensable tirarse de cabeza al abismo por su causa, pero de preferencia ese salto se hace acompañado y no en solitario, mientras la otra parte se está respingando la nariz. Tal vez por eso al acto de irse con dignidad se le llame “amor propio”, porque no lo compartes con nadie más. Puede que sea un poco triste pero como me dijo hace poco un amigo: “A veces hay que salvarse.” Si no, ¿cómo vamos a encontrar en el hospital a la enfermera china de nuestros sueños?

Catalina Kühne Peimbert

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