Ya sabes

Quisiera empezar diciendo que este no es un texto en contra de las muletillas. No soy quién para juzgarlas y además pienso que forman parte de la personalidad de un hablante, que a veces se nos instalan en el lenguaje durante una temporada y, para cuando somos capaces de notarlo, nos empezamos a despedir de ellas. Porque las muletillas tienen eso: todos las notan pero quien las dice no se da cuenta de que están ahí, saliéndosele de la boca.

Esto es más bien una exploración sobre lo que la muletilla “¿ya sabes?” me evoca desde la primera vez que la escuché (tendrá unos cuatro o cinco años).

Al principio me pareció que la constante repetición del “¿ya sabes?” reflejaba la pereza de dar mayores explicaciones, una antipatía para exponer la construcción del mundo interior. Pensaba que mi interlocutor no quería tomarse el trabajo de darme una explicación más extensa. Creo que me enojaba. También pensé, en los días más optimistas, que era posible que se tratara de todo lo contrario, que el hablante tuviera la ilusión de que yo tenía la capacidad de adivinarle el pensamiento.

Similar a lo que ocurre cuando entrevisto a una persona que vive en un pequeño lugar y al pedirle su dirección me dice “domicilio conocido”. Se entiende entonces que los pobladores de aquel sitio son tan pocos que se conocen entre sí y cualquiera de ellos puede indicar en dónde vive la persona a la que estoy entrevistando.

Es también, si nos esforzamos en darle vueltas, la humana necesidad de saber que las experiencias por las que transitamos, sean estas comprar una barra de pan o haber perdido a un amigo, son trayectos por los que otros también han pasado. Queremos saber que nos entenderán.

El que pregunta ¿ya sabes? hace uso de la retórica. Pero yo, que soy tradicional y las preguntas me parecen muy tentadoras, más que saber, termino perdida en un embotellamiento de sís a los que nunca se les cedió el paso y antes de que mi cabeza pueda hacer un movimiento que indique que sí, que estoy siguiendo su conversación, mi interlocutor continúa con su historia.

Cuando alguien me dice ya sabes, me da la impresión de que esa persona y yo tenemos, sino un secreto, aunque sea una subterránea vida en común. Es de esta forma como puedo invertir algunos segundos en imaginarme complicidades que quizá no compartimos, contándole a esa persona cosas de mí que me dan mucha vergüenza: ¿sería capaz de guardar el secreto?

Cuando alguien me relata algo y a continuación emite un ¿ya sabes?, yo, por cortesía, muevo la cabeza en señal de que sí sé. Lo hago para dar continuidad a la plática y evitar cortar la conversación con un grosero: No. Pero es estrategia fallida, porque al final me distraigo pensando que soy una mentirosa, que la realidad es que no sé y que si mi interlocutor se parara en seco y su ¿ya sabes? no fuera una muletilla, sino una verdadera pregunta, yo quedaría en ridículo y, peor aún, evidenciaría mi naturaleza de mentirosa que con tanta cautela he llevado hasta ahora.

Lolbé González Arceo

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