Entre no y mentir

Hace poco Lolbé y yo quedamos un domingo para desayunar. Hacía algo de tiempo que no nos veíamos –o por lo menos que no nos veíamos a solas–. Apenas terminamos de comer, se acercó una mujer mayor a nuestra mesa.

—¿Me podría sentar con ustedes un momento?–, preguntó al tiempo que jalaba una silla disponible.

Unos minutos antes me había topado con ella en los baños del segundo piso; iba en compañía de una niñita que intuí era su nieta. Las tres bajamos casi al mismo tiempo y vi que señora y niña se acomodaron con otras personas en una mesa en el extremo opuesto del restaurante.

Mi amiga y yo estábamos hablando de asuntos personales y por eso mi desconcierto fue mayúsculo. Asentí automáticamente y miré a Lolbé –que siempre ha sido más juiciosa que yo– para ver su reacción.

—Perdón que las moleste –continuó la mujer–. Lo que pasa es que yo vendo productos de belleza y estamos promocionando unos labiales. Me gustaría regalarles una muestra. Elijan un color– dijo, extendiendo unos cartoncitos con la gama de tonos.

En fin, que las cosas no iban tan mal hasta que nos pidió que anotáramos en un papelito nuestro nombre y teléfono para –lógico– llamarnos después y saber qué nos habían parecido los labiales (cosa que por cierto hizo).

En cuanto la señora estuvo suficientemente lejos como para escucharnos, Lolbé me preguntó:

—No anotaste tu número, ¿verdad? ¿O anotaste uno falso?

—Sí se lo di –le dije arrepintiéndome hasta el tuétano de no haber dejado el espacio en blanco o haber garabateado un 6 en lugar de un 8.

La verdad es que no soy muy ducha para decir que no, que no puedo, que no me interesa, que no tengo tiempo de hacerme un facial aunque lo deseara con todo mi ser. La opción entonces es mentir.[1] Pero el problema es que tampoco puedo hacer eso.  Cada que lo intento, me entra una ansiedad terrible tan sólo de pensar qué pasaría si me descubren. Así que en el ochenta por ciento de las proposiciones que me hacen y no me interesa, me paso un buen rato debatiéndome si debo decir que no de una vez por todas o mentir.

Cuento todo esto porque hace tres o cuatro días pasó un episodio muy similar. Estaba con dos amigas en un café leyendo un libreto en voz alta. Una señora, también mayor, se acercó y nos preguntó si éramos gente de teatro. Cuando mis compañeras (que sí lo son) respondieron afirmativamente, nos preguntó si queríamos escuchar algo que nos podría gustar. Esta vez puse la peor cara de la que soy capaz. Estaba decidida a decir que no. Que muchas gracias. Que llevábamos prisa (y era cierto) y que por el momento sólo nos interesaba terminar de repasar las escenas que había estado escuchando. Pero mi amiga –siempre tengo amigas más juiciosas que yo– se adelantó. Le dijo que con todo gusto escucharíamos lo que nos quería mostrar pero al terminar nuestro asunto. En cuanto leímos la última línea, la mujer se volvió a acercar y comenzó a leernos algo que ella había escrito. Como no logré decir que no, intenté no prestar atención a lo que nos leía. Observaba el celular como recordándole que teníamos poco tiempo mientras ella aumentaba la velocidad de lectura.

Aunque debía sentirme medio orgullosa por haber logrado medio demostrar mi inconformidad, la verdad es que en el trayecto a casa me sentí fatal.  Pensé qué pasaría si yo no tuviera con quién hablar, si no estuvieran esas tres o cuatro amigas a las que les escribo cartas que leen y contestan. Quizá aquella señora y yo no seríamos muy distintas. Es muy probable que, si todo va como hasta ahora, en treinta años yo haga lo mismo. La vida, las cosas “importantes” nos ponen tan de cabeza que olvidamos que solo somos esto: un solo ser, tan solo, en la búsqueda de un otro.  Entonces me di cuenta de que una vez más lo había confundido todo. No debía decir que no. Debía mentir. Decir que claro que tenía tiempo, que unos minutos de retraso no eran importantes o que puedo pasar otro día para platicar. Porque sí, porque a veces las mentiras son bonitas.

Nidia Cuan

[1] Aquí, nada más porque sé que no soy la única,  la liga a un texto de Guadalupe Nettel sobre la incapacidad para decir que no y sus consecuencias: http://www.maspormas.com/2016/06/24/gnettel19/

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