Palabras imaginativas

Tengo una suerte muy desafortunada. Siempre me llegan ideas en el momento o el lugar menos indicado. Historias o relatos que a decir verdad no siempre paso al papel. Pero puedo perderme por unas largas horas (incluso días, es en serio) redactando en mi mente alguna historia que en un futuro se vuelve cuento, aunque nunca lo escriba.

Por muchos años he pensado en algo que ahora me queda muy claro. Las palabras (escritas) que yo las llamaría palabras imaginativas, no se pueden encadenar, navegan siempre por la mente, dándose libertades, aunque no salgan de la boca.

Cuando voy a bodas, por ejemplo, me llegan historias de amores y no amores. De hecho, escribí un cuento que se llama La Boda en, bueno…una boda a la que asistí. Sentada en el salón, puedo hacer historias de algunos novios; de una pareja de bailarines cuando escucho el vals, o cuando la novia desliza su larga cola mientras baila abrazada con el novio de un navegante que se hace amigo de una tortuga mientras un grupo de peces hacen ondas bajo el mar. Recargo el codo sobre la mesa y con la mano cubro mi boca. Sin duda para todos, estoy aburrida. Nadie puede ver los peces hacer olas en la larga cola de la novia.

En casa me atacan las historias más absurdas, los lugares más extraños y los personajes más raros. –Viene la familia, sonríe por favor. Vamos con tu tía, por favor se feliz. Platica con la gente, no estés tan seria.– escucho estas frases y muchas frases más mientras sólo digo sí. Abro la ventana para que todas las historias se vayan en silencio y la casa se quede vacía.

Cuando iba de Reynosa a Papantla, en el autobús varias veces viajé en la pequeña silla que va a un lado del chofer –no está permitido y lo sé porque una vez uno me lo dijo–. Viajar de noche me traía recuerdos, y nuevamente un millón de ideas que escribir. Una de esas veces, Juan Gabriel sonaba a media noche cuando todos dormían. Hasta que te conocí era cantada con todo el sentimiento en la radio, yo tatareaba la canción.

—¿Se peleó con el novio?– me preguntó el chofer.

Le dije que no con una sonrisa media chueca. El autobús pasó el puente de Tampico y las luces de la ciudad se quedaron atrás. El silencio era espléndido en medio de la noche, pero para el chofer ese silencio donde armaba ideas y, mi tarareo de canciones, le daban idea de que yo estaba triste y tenía mal de amores.  Esta parte la escribo en pasado, primero porque ya nadie viaja de noche y segunda porque se murió Juan Gabriel.

Pensar y manejar no debe ser buena idea. Pero es algo que todos hacemos. Me gusta el sonido de la ciudad, ver a la gente pasar y pienso en todas sus posibles formas de vivir mientras me mantengo en silencio. Si llevas a alguien contigo lo más educado es hablar. Llegas al semáforo y sí, es momento de decir algo, pero…volteas al cielo y ahí está con ese color rojo, amarillo, azul, morado, las nubes viajando de un lado a otro con sus mil formas y el semáforo vuelve a verde.

Las historias llegan a mi cabeza de una manera muy inoportuna. No deberían de llegar en esos momentos tan importantes (o triviales) de mi vida. Deben hacerlo cuando me preparo frente a la computadora y durante una media hora diaria –entre 6:00 y 7:00 p.m.–, cuando  les dé permiso de llegar a mi mente. ¿Cómo no pueden acoplarse a un horario fijo? Incluso cuando escribo una historia, otra más ya toca la puerta con todas las ganas de mantenerme ausente del mundo.

Asenat Velázquez Jiménez

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