Préstame tus zapatos

—Los buenos se reencuentran en cualquier lado–, me dijo Don Chilo cuando le conté que me mudaría y que, para llegar al trabajo, ya no tomaría la ruta de la que es chofer.

¿Quiénes son los buenos?, me quedé pensando.

Porque no soy buena. Tampoco me considero mala. Me encuentro entre el grupo de gente que camina despreocupada por la avenida después de una tarde de lluvia, con cientos de conductores dispuestos a salpicar agua de charco al peatón que se deje, y termina empapada y apestosa.

Sucede que considero a los demás igual de empáticos que yo. Del mismo modo en el que mi mente se desconecta de la realidad y sus peligros potenciales, también se detiene a preguntarse si al caminar por el pasillo del camión mi mochila le pega a otro pasajero. Y si tuviera coche, segura estoy de que evitaría a conciencia mojar peatones con agua puerca de charco.

La vida usa situaciones ajenas a nosotros para poner a prueba nuestra bondad, o empatía, la cuestión es participar a favor o en contra. Uno nunca sabe la historia que vienen cargando los demás, porque no se ve como las cosas que cargamos en la bolsa o en la mochila. Por eso me indignó tanto ver el reciente video viral donde tres mujeres jóvenes agreden verbalmente a una mujer mayor por no cederle el asiento a una de ellas, presuntamente embarazada. No pude creer semejante reclamo a la señora.

La armonía de las sociedades está relacionada con la empatía entre los individuos. Pienso que no se trata sólo de ceder el asiento porque el otro parece más viejo, más débil o porque lleva una carga (visible) complicada, sino de ponerse en el lugar del otro y, por qué no, de considerar que quizá hoy no me siento tan cansado y puedo ceder mi lugar sin problema, quizá estoy por bajar y mejor lo cedo de una vez, quizá sólo quiero aprovechar la oportunidad de hacer algo bueno por alguien más sin importar si trae su tarjeta del INSEN, si viene con niños o si se es hombre o mujer.

Situaciones como la de este video dan coraje y tristeza, no por la mujer mayor –seguramente la vida le recompensará el mal rato–, sino por las mentalidades tan pobres que van por el mundo sin pensar en los demás. Y lo que es peor: sin que alguien les ponga límites. Porque ésa es otra: a veces sólo decidimos no participar, y como observadores hacemos poco por el agredido o contra el agresor.

La mujer atacada terminó por levantarse del asiento, pues eran tres contra una y ella no tenía manera de demostrar su edad para ocupar el asiento preferencial. Las voces de unos cuantos pasajeros que aparecieron en su defensa se vieron opacadas por los gritos e insultos de una mente egoísta incapaz de preguntarse si existe la bondad alrededor de ella o en sí misma.

Cuando me subía a la ruta de Don Chilo, cargada con hijo y mochilas, él hacía que quienes ocupaban los lugares preferenciales sin merecerlo, los desocuparan para mí. En la ruta que ahora uso, en horario mucho más madrugador, lo común es que la gente se niegue a ceder el asiento. Y lo comprendo, a las 6 am también haría cualquier cosa por unos minutos más de sueño.

Abby García

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