PEQUEÑOS CUARTOS EN RENTA PARA LLORAR

Vi el anuncio pegado en la caseta de un teléfono público. Era uno de esos fotocopiados con la parte de abajo dividida en pequeños flecos que tenían el número al que había que comunicarse. Me sorprendió. Era como si alguien me hubiera leído el pensamiento.

Últimamente estoy triste, pero no encuentro el lugar para desahogarme. En la oficina no es apropiado. El sentimentalismo es inversamente proporcional a la productividad. Aunque en un primer momento traten de consolarte y mostrar su preocupación por ti, puedes estar segura de que en cuanto te pierdan de vista empezaran a comentar que con razón ese último informe no salió tan bien como antes, que mejor no te dan el nuevo proyecto porque no estás en tu mejor momento. En la casa, imposible. Los niños se alteran, se preocupan si ven a mamá triste. Mamá lo puede todo, no es cosa de flaquear. Además todo el tiempo hay algo que hacer, la comida, la tarea, la cama, no hay tiempo.

Antes el coche era el lugar perfecto. Poner el radio a todo volumen, esa canción que te desgarra el corazón y soltarte a moco tendido en un alto. Tal vez el señor de al lado te mire con compasión e invente una buena historia que explique tu tristeza, para contar esa noche en la cena.

—De regreso a casa en el coche de al lado vi a una señora llore y llore. ¡Pobrecita! Seguro la dejo el marido/se murió su gato/la regañaron en la oficina/le dijeron que tiene cáncer. O lo que sea.

Pobrecita.

Pero ahora no tengo coche y eso de explotar en la calle, o en el metro, o en el taxi no es bueno. A veces, sin querer se me escapa alguna lágrima, pero me da pena que la gente me mire. ¿Qué tal que alguien quiere abrazarme o qué tal que nadie?

Los amigos deberían ser una opción, pero no los quiero incomodar. Es incómodo estar frente a alguien que llora. Quisieras salir corriendo, buscar el botón que lo hace parar.

Y sin embargo se necesita. Hasta físicamente. La tranquilidad que te invade después de un buen llanto, lo bien que se duerme.

Marqué de la misma caseta.

—Llamo por el anuncio.

Fueron amables y eficientes. Hice cita para el día siguiente a las cinco de la tarde.

El rumbo me era familiar, no me quedaba nada lejos. Estaba al final de una calle empedrada. La puerta de aluminio con el número 44 no tenía ninguna señal o letrero que anunciara el giro del negocio. Toqué el timbre y salió a abrirme una mujer de unos sesenta años impecable. Vestía un uniforme que se debatía entre la enfermera y la trabajadora doméstica. Al fondo podían verse un par de edificios de dos pisos con un pasillo de pasto entre ellos. Un poco como los moteles gringos que salen en las películas de terror, pero mucho más lindos. Las puertas de los cuartos, veinte en total, eran de madera entintada de azul índigo y el resto del edificio estaba pintado en blanco. Había flores en las ventanas. Me parece que eran hortensias.

Mientras me registraban en la recepción vi salir de uno de los cuartos a un chica escuálida de pelo amarillo con los ojos verdes que de por sí eran saltones, hinchados hasta el absurdo.

Pobrecita, pensé, seguro el novio la engaña, su mamá es insoportable, es anoréxica. O lo que sea. Pobrecita.

Pareció oír lo que estaba pensando, porque levantó la vista y me echó una mirada de esas que matan, cómo diciéndome que no necesitaba la compasión de nadie.

Salió azotando la puerta.

La recepcionista encogió los hombros a manera de disculpa.

—No juzgamos a nadie. Es parte del negocio

Ahora el que salía de uno de los cuartos del fondo era un hombre, el típico oficinista. La corbata floja, la camisa arremangada y el saco colgándole de un dedo por la espalda. Fue arreglando todos esos detalles a medida que avanzaba hacia la salida. Para cuando llegó a la puerta estaba como si nada. Se despidió con un breve movimiento de cabeza.

Cuando estaba a punto de hablar contestaron a mi pregunta.

—La mayoría de nuestros clientes son hombres, es más difícil para ellos. “Los niños no lloran” y todas esas tonterías.

No me preguntaron mi nombre, sólo si necesitaba el cuarto por quince minutos, media o una hora. Escogí la media, me pareció lo justo. Después me dieron las indicaciones de rigor.

—En general pedimos el pago por adelantado. Sólo efectivo. A la gente no le gusta hablar con nadie cuando han terminado. Claro que si se trata de una emergencia hacemos excepciones.

(Pensé que una emergencia de llanto debe ser como una emergencia de baño: si no llegas, no llegaste, pero no dije nada. Por lo pronto no era mi caso.)

El baño está en la recepción. La idea es que el cuarto pueda usarse sólo para el objetivo plasmado en el contrato: llorar.

(Debo mencionar que jamás vi el tal contrato, tampoco es que lo pidiera.)

—Tenemos cámaras de seguridad que lo registran todo. Pero nada se graba, no se preocupe.

(Tampoco verifiqué que esa parte fuera cierta, por alguna extraña razón o tal vez porque fue lo que me aconsejaron, no me preocupé.)

—Son quinientos pesos. En el cuarto encontrará una televisión, un aparato de sonido y algún material de lectura. Todos con el propósito de inducir al llanto, pero si lo prefiere, usted puede traer sus propias cosas. “Esa canción”, “aquella foto” o “la carta”. Ya sabe.

Ya sabía. De hecho lo traía todo cargado el celular, no iba a ser difícil.

Me tocó el cuarto que había dejado el oficinista, el número ocho. Era muy pequeño en verdad. Además de lo que me habían anunciado, había un sillón y una cama llena de almohadas blancas, mullidas, perfectas.

Puse la canción, vi la foto, el mensaje me lo sabía de memoria y me eché a llorar, larga y tendida. La experiencia fue tan reconfortante y liberadora que me quedé dormida.

Desperté un par de minutos antes de que mi tiempo se acabara. Volví a ver la foto. Sentí la tentación de pedir otra media hora, pero no. Era suficiente por ahora.

Desde ese día he vuelto varias veces. Incluso logré una emergencia. Sigo triste, pero ya sé a dónde ir.

Catalina Kühne Peimbert.

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