Recuerdos Compartidos

Me complace decir que en mi vida hay una narradora de historias. Una mujer que no pierde oportunidad de contarme algo y prepararme de comer cuando voy a visitarla. El placer de atender a sus nietos es parte de su ser.

Mi abuelita (que jamás se me ocurra decirle abuela) es un libro que no está plasmado en papel. Sus historias y sentimientos permanecen solamente en su memoria. Bueno, casi, si no cuento la infinidad de cartas que intercambió con mi abuelo. Me las comparte siempre, disfruta acompañar nuestro momento con una buena charla y un par de cafés luego de la comida.

Inmediatamente después de saludarla al llegar a su casa y abrazarla tan fuerte como puedo, sin lastimarla, hace honor a las costumbres de las abuelitas. Nos dirigimos a la cocina y me ofrece de comer todo lo que está disponible porque por alguna razón las abuelitas siempre te ven desnutrido.

Luego de ponernos al día, y sentarnos juntas en el comedor, comienza alguna historia.

Es increíble como recuerda cada detalle, nombre y apellido, incluso el apodo del protagonista de la anécdota que cuenta. Y no lo digo porque sea una mujer mayor, sino porque detalla cada momento con tanta precisión que puedes realmente imaginarlo.

La fluidez de su narración es natural, vacía sus recuerdos en palabras perfectamente elegidas para que puedas vivirlo tú también. Puedes perderte en el tiempo y echar a volar tu imaginación. Ponerte en ese lugar. Observarlo, sentirlo y hacer una película en tus pensamientos. Ponerle rostro al personaje del que habla, incluso si no te lo ha descrito.

Me contagia su sentir cuando el rostro se le ilumina de pronto. Recuerda algo más y las palabras salen anteponiéndose a sus risas. No para de emocionarse. Me cuenta momentos felices, tristes e incluso sentimentales. Lo que sea, y lo cuenta con ternura y dedicación. Es un pedacito de ella que se va guardando en mis propios recuerdos.

¿Has visto como los personajes en las películas hacen una pausa mirando hacia el horizonte cuando cuentan algo? Mi abuelita lo hace, pero ella no mira al horizonte, mira al cielo y sonríe. Eso delata que justo en ese momento está disfrutando del recuerdo en su memoria.

Tiene casi toda mi vida compartiéndome algo de la suya, y puedo estar segura que todavía me faltan cosas por escuchar y descubrir. Siempre le digo que me escriba un libro pero me responde con una sonrisa, y siento que así me dice: “¿Para qué? Si puedo contártelo.”

Sandra Ramírez

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