LA EDAD NO ES COMO LA PINTAN

Because the way you grow old is kind of like an onion or like the rings
inside a tree trunk or like my little wooden dolls that fit one inside the
other, each year inside the next one.

“Eleven”, Sandra Cisneros

PARA LAS NIÑAS

Entre los 6 y los 9 años me la pasé hablando sola. No discretamente, sino con naturalidad, con todo el descaro de los terrícolas novatos. Hablaba con amigos y enemigos inventados, con animales, con plantas y muñecos. Hasta hoy no tengo la menor idea de si los adultos se daban cuenta. Supongo que estaban tan preocupados por garantizar mi supervivencia que eso de que hablara sola era lo de menos: cosas de niños.  Y para los niños el tiempo no es ese tiempo de “ser para la muerte”. Por el contrario, el tiempo no se agota, es infinito: un continuo flexible, moldeable a placer. Vida en estado puro.

Lo verdaderamente extraño para los niños es el sistema de medición del tiempo, el funcionamiento de los relojes y los calendarios. Eso es lo que hay que enseñar en la escuela. Por eso hicimos un reloj de cartulina, por eso nos hacían anotar la fecha en el margen. Evidentemente confundida, cometí graves errores de apreciación. Pensaba, por ejemplo, independizarme de la casa familiar a los once años cumplidos, y cuando una chica del INEGI me preguntó las edades de mis padres contesté que mi papá tenía nada menos que setenta y mi mamá catorce.

Porque mis cálculos no eran abstractos. Eran tangibles. Eran pasos, manos, pies de distancia.

El caso es que conforme vamos ganando experiencia en el mundo, el tiempo se vuelve algo bien concreto y amenazante. Nos sujetamos a horarios, prendemos y apagamos velas –a veces con emoción, a veces con desasosiego. Muchas veces sufrí pensando en qué iba a pasar cuando llegara a los treinta, cuando viese hacia atrás para advertir que nada era como lo había planeado: lo de independizarme a los 11, lo de viajar de mochilazo a los 18,  lo de encontrar el amor verdadero a los 20, lo de terminar el doctorado a los 27, lo de comprarme un coche nuevo a los 30.

Sobra decir que sufrí en vano. A pesar de haberlo hecho todo en contra del plan original no ha pasado absolutamente nada.

O sí.

Lo único que ha pasado con la edad es que he dejado de luchar con ella. Porque ninguna es como la pintan.

Un grupo de alumnas que no pasan de los 23 suelen bromear conmigo diciendo que me veo de menor edad porque les robo juventud. Yo les sigo le corriente y les digo que sí, que es cierto, que no se descuiden ni un segundo. Pero en realidad lo que ocurre es que siempre, de alguna manera, seguimos siendo los mismos. Y que esa emoción de los veinte, de los quince, no se agota nunca. Y por eso río y sufro con ellas, por eso odio levantarme a las 5 de la mañana y leo cada semestre los mismos textos como si fuera la primera vez. Por eso también sigo hablando sola todo el tiempo, pero esta vez  estoy segura de que –de las cosas de los adultos– los niños sí se dan cuenta.

 

Nidia Cuan

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