Descripción breve y anatomía del suspiro

Por un tiempo he analizado y estudiado ése no tan misterioso acto físico y emocional llamado suspiro. Y podría escribir unas cien páginas para decir todo lo que he descubierto o hay detrás del momento en que suspiramos. Pero seré breve por tiempo y espacio.

Según la Real Academia Española es: “un sustantivo masculino. Aspiración fuerte y prolongada seguida de una espiración, acompañada a veces de un gemido y que suele denotar pena, ansia o deseo”. Hay otros significados, pero no anotaré todo.

Existen también estudios detallados (la forma científica) del proceso del suspiro, ¿por qué? ¿Para qué? Y todas esas preguntas que se hacen como valoración analítica.

Yo lo creo todo. Y puedo mencionar algunos que conozco.

El primer suspiro –hay muchos primeros suspiros pero el más importante– es cuando nacemos, cuando abrimos los ojos a este mundo; salimos desnudos y lo primero que recibimos es ese aire que nos envuelve y entra dentro de nosotros antes de que nuestra madre nos abrace.

Hay suspiros de amor, todos los hemos sentido: el suspiro amigable porque sabemos que nos aman y el suspiro triste y pesado, cuando no. De ese suspiro de desamor uno se acuerda más.

Los hay de dolor –tu tía esta grave, tu abuelo murió, alguien está en el hospital–: el suspiro se vuelve profundo y sombrío. Hay suspiros de deseo, ilusiones, esperanzas, sueños. Suspiros largos que marcan sonrisas –cuando la madre ve dar los primeros pasos de su hijo, cuando lo ve graduado, cuando nos casamos, cuando compramos casa, coche o nos sobra dinero para ir a cenar–. Hay suspiros de decepción y pena, esos son cortos, producen una mueca y hacen que bajes la mirada.

Los suspiros de enojo traen un sonido fuerte que sale de la nariz –ésta se hace más grande–, los dientes rechinan y los labios se aprietan.  De los más conocidos es el suspiro de alivio –no tengo deudas, los análisis salieron bien, entregue la tarea, por fin es viernes– ese suspiro quita peso, te vuelves ligera y todo se ve bien. Hay un suspiro que no sé cómo se llama, pero es cuando guardamos las palabras en el pecho, y teniendo la necesidad de salir se convierten en suspiro y nos abandonan. Hay mucha gente que intenta comunicarse con suspiros, pero nadie la escucha.

Está el último suspiro, a ése nadie lo quiere porque decir adiós de este mundo no es algo que nos pase por la mente.

Los suspiros son diferentes. Ligeros, pesados, cortos y largos. Hay suspiros que duran un segundo, y otros que duran cinco; si no me creen, inténtenlo. Hay un suspiro que está atorado en la garganta, otro que vive en el pecho y otro más, donde el aire entra frío por la nariz, se hace nudo en la garganta, baja al pecho y lo apachurra, toca el corazón y lo muerde, baja al estómago y lo amarra llegando incluso hasta la matriz: ahí se estaciona.

Según los estudios las personas no recuerdan si suspiran o no, ni cuántas veces lo hacen. Por eso es tan misterioso –según yo–, son como pequeños fantasmitas que van con nosotros por la vida, y cuando una emoción nos distrae, ellos entran y se van con ella para que el alma nunca nos abandone.

 

Asenat Velázquez

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