Una historia de lombrices

De niña creía varias cosas: que por las noches, el pasillo de mi casa se transformaba en una cueva peligrosísima que se debía atravesar corriendo, que mi imagen en el espejo no correspondía a mi persona  y que si dejabas un cabello tirado en el lavabo y le caía agua, al día siguiente verías que se había transformado en una lombriz. Esto último me lo dijo una muchacha que le ayudaba a mi mamá en la casa, y sé que lo mencionó para que no me cepillara en cualquier lado y dejara partes de mí tiradas por doquier. También sé que los dos primeros miedos de los que hablé reflejan mucho de mi imaginación y mis inseguridades.

Al día de hoy ya no corro por los pasillos oscuros de mi casa (alguna vez lo he vuelto a hacer en la de mi madre pero sólo porque en ese pasillo sí espantan), ahora me asustan otras cosas de verdad terroríficas, como cruzar las vías del tren. Me preocupa que a medio camino el coche deje de funcionar, el tren aparezca de la nada y sin más se acabe todo. Volteo hacia ambos lados cada que atravieso las vías y me digo que mi miedo es una tontería; pero una vez que las cruzo, vuelve la sensación de “pude haber muerto ahí mismo”.

Porque temo, al igual que cualquiera –y aún como esa niña que no se sabía ella misma en los espejos–, lo que desconozco, pero sobre todo temo que me sean arrebatadas de golpe todas mis posibilidades. Supongo que por eso estoy a favor de la humanidad y en contra de los prejuicios; por eso creo en proteger mis derechos y los ajenos, porque entiendo que los conceptos son palabras que forman parte de un lenguaje que –como las personas– cambia, evoluciona; y porque en la escuela me enseñaron que hubo una vez un hombre llamado Benito, que fue presidente de un país que se conocía como México y que dijo: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

De eso pienso que va la vida: de elegir trayectos y permitir que los demás elijan los suyos. De buscar la forma de ser feliz y de procurarnos un camino libre, un pasillo iluminado, unas vías con un tren en el que uno vaya adentro y, en especial, consiste en cepillarse el cabello y saber que los restos que dejamos por el mundo, el día de mañana no se convertirán en lombrices. Porque sí –todavía hoy– de eso tengo miedo.

Alisma De León

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