Padecimiento

Con el lector debiera hacerse lo que se hace cuando se sorprende a dos amantes. Las opciones van desde fingir no verles hasta observarles en silencio o, en casos muy particulares, unirse a su ejercicio con cautela. Pero bajo ninguna circunstancia se recomienda una interrupción grosera para pedir la hora o preguntar si la mujer de la renta ha pasado este mes a cobrar.
Ana María Catalejo

Comprendo. Desde lejos me miras y excepto por el necesario abrazo de mis párpados sobre el iris, mi cuerpo no se mueve.

Mi atención pareciera dirigirse a un punto sin importancia: un signo, una marca de tinta, una pantalla. Entonces es razonable que lo pienses “No está haciendo nada, la puedo interrumpir”. Sin embargo, me corresponde puntuntualizar un detalle, y es que te sería más conveniente pensarlo como “ella no está aquí”.

Quiero decir, para explicarme, que el cuerpo que miras, la pierna colgante que crees observar, es sólo la imagen involuntaria de mi persona sobre el sillón, pero no te engañes, si estoy leyendo quiere decir que no estoy ahí.

Tengo que advertirte, porque de esta condición que padezco se derivan consecuencias por lo menos incómodas. Otra mujer, al ser nombrada, acudiría diligente o interrumpiría la labor para poner atención a tu duda, para escuchar tu observación. En el desafortunado caso del ser que cohabita contigo, una pausa obligada es el equivalente a invocar a los más diversos espíritus de la cólera. Ellos, altaneros, pasan de mi voluntad y manifiestan su furia con una intensidad proporcional a la profundidad de la lectura correspondiente.

Ellos pueden hacer que por las madrugadas despierte sudando a causa de que la realidad onírica se ha mezclado con la realidad poética. Me generan periodos de tristeza cuya razón desconozco y también –hay que reconocerlo– me ayudan a mirar, con un tanto más de esperanza, el panorama que se desarrolla detrás de la ventanilla del autobús.

Vivo así desde hace mucho y conozco lo inútil que sería tratar de ir en contra de la que soy. Las cosas que guardamos en el desván, las que enterramos en el piso de la habitación suelen regresar con más fuerza a reclamar lo que es suyo. Pero no todo son malas noticias, conozco el padecimiento lo suficiente para proponerte que lleguemos a acuerdos. A estos espíritus yo procuraré alimentarles con las lecturas que requieren: les daré variedad y silencio. De tu parte sólo pido paciencia, ausencia de interrupción. Los demonios son severos y es mi tarea encontrar el modo de evitarles los periodos de abstinencia.

 

Lolbé González Arceo

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