Palabras indebidas

Yo también digo malas palabras. Y además las escribo. Si no es con intención, el autocorrector se encarga de hacerlo.

Cuando era niña, mi madre me mandaba a callar cuando veía asomarse en mi boca la ocurrencia de repetir sus maldiciones. Esa virtud que las mujeres mexicanas desarrollan en automático cuando se convierten en madres es muy tentadora para imitar a esa edad, por lo menos para mí lo era.

Mi mamá levantaba la chancla y era la señal para guardar el posible desliz en lo más profundo de mi ser. Entonces esperaba a estar sola y soltaba las palabras entre dientes o sobre la almohada. Listo. Había hecho algo prohibido pero mis sentimientos se habían liberado y seguía jugando.

Hoy escucho maldecir a niños mucho más pequeños que yo en aquel entonces, y me sorprende.

No satanizo la acción, lo que inquieta mis recuerdos es la facilidad con que las dicen. Para mí era necesario esperar para desahogarme en secreto.

Al crecer, escuchaba decir a la gente que cuando comenzara a manejar, todas esas malas palabras que no tenía permitido repetir de niña, saldrían desde la boca de mi estómago. Lo compruebo muchas veces cuando se me atraviesa algún gandaya o siento el bache el inferior de mi carro. Salen solitas y hasta con gesto facial incluido.

“Estoy grande, ya puedo ser responsable de las palabras que salen de mi boca y sus consecuencias”, dice la niña que vive todavía en mi ser.

Tampoco soy mal hablada, pero he probado el placer que produce soltar palabrotas y me gusta. Sobre todo cuando presionas la “p” entre los labios para darle más pureza al sentimiento. ¿Qué decir cuando formas frases completas y entre cada palabra haces una pequeña pausa y continuas?

Lo cierto es que son pocas las personas con las que siento la libertad de usar las palabras prohibidas y se siente bien. Tampoco es que piense que con éste sí las digo y con éste no, pero vaya, si me pongo analizarlo, realmente no son tantas. Y eso lo hace más divertido.

Creo que en lo más hondo de su ser, esa niña que aún soy piensa que es una travesura compartida con otros niños igual de rebeldes.

Sandra Ramírez

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