LA ROBAMARIDOS

¿Qué tiene ella?
¿Por qué tú la comparas conmigo?
Si yo soy una señora
y ella una robamaridos.

La sonora dinamita

Las mujeres crecemos escuchando historias sobre las robamaridos. Es probable que ni siquiera tengamos memoria  de cuándo fue la primera vez que oímos la palabra. Lo cierto es que estamos programadas para identificarla, temerla y odiarla. Porque, como dice la canción, “¿qué tiene ella, ¿por qué tú la comparas conmigo?”. Y es verdad. Una vez identificada la susodicha, la comparación no se hace esperar entre propios y extraños: “tú eres mucho más bonita”, “no te llega ni a los talones”, “ella será lo que sea, pero nadie hará lo que tú haces por él”. Mas no importa las frases que con tan buena voluntad vayan soltando aquí y allá los amigos, siempre hay algo en lo que la robamaridos nos rebasa: dos tallas más de brasier, piernas largas, carisma o inteligencia. Da lo mismo. La historia de la robamaridos es tan poderosa, ha quedado de tal manera grabada en nuestras entrañas, que no hay manera de escapar de esa paranoia. El ala conservadora tiene sus métodos para justificar indirectamente la existencia de la robamaridos. Cuando asistí a unas pláticas prematrimoniales, la plática dedicada a la sexualidad estaba a cargo de un médico. Después de presentarse, dijo que quería comenzar la charla explicando algunas diferencias básicas entre los hombres y las mujeres. Las mujeres, dijo, se enamoran por los oídos. Los hombres a través de los ojos.

“Así es su biología”, señaló. “Un hombre no puede evitar verle los senos o las nalgas a una mujer que va pasando. Es su naturaleza. La manera en que fue creado. Así que, muchachas, no se enojen con sus futuros esposos si algún día pasa esto”. De ahí que las robamaridos tengan el trabajo fácil, garantizado.

Pero claro, todo puede ir bien. Lo único que hay que hacer es mantenerse alejada de las robamaridos. Y así lo haces. Pero resulta que, quizá, un día te haces amiga de un hombre casado que adora a su mujer, la conoces y en tu burbuja de la felicidad imaginas que todo va bien. Hasta que por alguien en común te enteras de que la esposa de tu amigo se dirige a ti como la robamaridos. ¿Robamaridos tú? Sí. Siempre somos robamaridos en potencia. El verdadero problema viene cuando te das cuenta de que la robamaridos puede ser cualquiera: tu hermana, tu mejor amiga, tu vecina, tu madre. Y puede ser cualquiera porque la robamaridos no existe. En su nombre no sólo se perpetúa la idea de que las mujeres estamos destinadas a competir entre nosotras por los pocos machos alfa que quedan disponibles, sino que, de alguna manera, se justifican intolerables actos de violencia. Basten sólo dos ejemplos.

El 21 de septiembre de 2016, Angelina Jolie, la robamaridos del siglo, le pidió el divorcio a Brad Pitt. Las razones no importaron. Las redes sociales se llenaron de chistes y proclamas de felicidad porque el karma por fin había saldado la cuenta. Poco después se dio a conocer en los medios de comunicación que las razones de Angelina para solicitar el divorcio fueron una supuesta agresión del actor en contra de un hijo de ambos, así como el continuo consumo de alcohol y drogas. Pero las robamaridos no pueden reaccionar ante estas cosas. Deben aguantar. No importa qué pase, la imagen del hombre perfecto orillado a actos indeseables, sea por su biología o por las circunstancias, permanece incólume. Una comediante hizo a los pocos días un chiste en el que decía que si Brad Pitt había caído en tales vicios era porque “podría haber pasado los últimos 12 años de su vida en el lago Como, al estilo George Clooney y Matt Damon, en lugar de estar atrapado en una casa con 85 niños que hablan 15 idiomas diferentes. Oh sí, porque se ha casado con una jodida lunática, ¡esa es la razón!”[1] Y de esta manera la deuda regresa a manos de la robamaridos.

Muy lejos de la farándula, el 23 de septiembre, sólo un día después del sonado divorcio, las mujeres de Río Lagartos, Yucatán hicieron una manifestación para correr a las meseras de las cantinas del pueblo, argumentando que por su culpa la localidad se ha convertido en un lugar de vicio y libertinaje. Sí, son unas robamaridos, aunque en este caso las mujeres señalan que eso es lo de menos, si quieren a las “putas” fuera de la ciudad es porque desde que llegaron, los maridos se han vuelto más violentos, pues estas mujeres “seguramente les dan alguna droga”.[2] Una vez más, aquellos hombres otrora casi perfectos, de casa y trabajadores, han caído en las redes de un grupo de mujeres sin escrúpulos.

Lo más probable es que con o sin meseras, con o sin cantinas, los hombres violentos sigan siendo violentos, así como los hombres que han dejado de querernos no volverán a querernos de nueva cuenta. La robamaridos no es más que una historia, tan falsa como la del chupacabras, para explicar lo que nos duele explicar: que nuestra relación ha terminado, que no somos perfectas y no importa, que vivimos con el hombre más violento de la cuadra, que nosotras somos violentas o que nunca hemos sido felices. Quizá habría que volver a contarnos la historia de nuestras vidas, sin robanovios, sin robamaridos, sin roba nada, y pensar que, después de todo, quizá los hombres –como las mujeres– también puedan tomar decisiones.

Nidia Cuan

 

[1] http://www.milenio.com/hey/chelsea_handler-brad_pitt-angelina_jolie-lunatica_0_815318679.html

[2] http://www.yucatanalamano.com/yucatan/mamas-protestan-contra-meseras-en-cantinas/

 

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