Pesadillas y cosas que contar

En el cine siempre he deseado que cuando pasen películas de terror o suspenso las luces permanezcan prendidas y todos nos sentemos juntitos. Pienso que es el dinero peor invertido. Cerca de dos horas o lo que dure la película mis manos están sobre la cara y los ojos cerrados, los abro únicamente cuando en la película es de día. No sé el interés de los que hacen las películas –bueno sí, me doy una idea–, que todo lo malo y feo sale cuando es de noche, lloviendo, o se va la luz. Cuando veo películas de ese género –porque soy masoquista– las veo en un televisor, a medio día y con la luz prendida si es que esta nublado.

Contar leyendas de noche es algo que a casi todos nos encanta. La llorona, la niña que se aparece en no sé dónde, las personas que se transforman en animales, los ruidos raros, las cosas que se mueven, los muertos que se aparecen. Todos hemos tenido un contacto de ese tipo que deseamos platicar y si no se ha tenido se inventa porque ¿cómo estar fuera del círculo sin nada que decir? Pasamos la noche contado historias, aunque después nos dé miedo ir al baño, vamos acompañados porque seguro algo se aparece en el camino.

Pero hay un tipo de miedo donde no podemos sólo cerrar los ojos o decir: ya dejen de contar esas cosas y hablemos de algo más para quitarnos el miedo: los sueños, especialmente las pesadillas.

Hace unos días en una clase de pintura entre tantas cosas terminamos hablando de los sueños. Una niña -siete u ocho años- contó que había tenido una pesadilla que siempre se le venía a la mente. Su padre era secuestrado y, dentro de una casa, un hombre agarraba un machete y le cortaba la cabeza. Luego ella se despertó y estaba llorando. Contó que su almohada estaba muy mojada pero que no sabía si eran lágrimas o saliva. En lo de la almohada todos quitamos la cara de susto y nos reímos, aunque de forma nerviosa.

Me recordó mis pesadillas de niña. Podemos tener mil, pero siempre será solo una la que nos dará más miedo. Esa pesadilla vive nuestra mente por años, reapareciendo una que otra vez hasta que una peor llega.

A los siete años la pesadilla más terrible fue que un toro o algo similar me seguía junto con mi hermano. Y nosotros corríamos, pero –típico– no avanzábamos, permanecíamos anclados en el lugar y la «cosa ésa» corría hacia nosotros. En fin, mi hermano lograba pasar una cerca de púas y yo me quedaba sin moverme. Esa pesadilla duró cerca de 25 años hasta que otra ocupó su lugar. Yo iba manejando, y de repente un carro a mi lado se paraba y bajaban unos hombres armados, me bajaban con pistolas para subirme al otro carro. Me gritaban y golpeaban mientras me ponían algo en la cabeza. Desperté con el corazón a punto de infarto, pero sin almohada mojada. Al siguiente día no salí de casa -por si las dudas- y durante semanas al conducir y pararme en un semáforo veía a todos los que trabajan ahí como posibles sospechosos. Manejé con 40 grados de temperatura, sin aire acondicionado, con las ventanas arriba, el seguro puesto y el bastón del volante a un lado. Pensando: el señor que vende tunas seguro me quiere llevar. Eso era miedo.

Hay pesadillas soportables, las que empiezan en un lugar y no se sabe cómo una aparece en otro. Pesadillas fáciles de descifrar, y algunas no tan importantes en las que se olvida parte de la historia. Yo espero tener otra pesadilla que sustituya a ésta, porque definitivamente ésta no es buena.

Pero como dicen las abuelas: gracias a Dios sólo fue un mal sueño y el susto con un bolillo se pasa.

Asenat Velázquez Jiménez

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One thought on “Pesadillas y cosas que contar

  1. Alguna vez alguien me dijo que si uno cuenta los sueños y especialmente, las pesadillas, estas ya no se cumplen, así que cuando tengo una pesadilla, lo primero que hago es contarla. Y por si las dudas, ya que me causan pesadillas, también soy de las que ven las películas de terror con la luz prendida, de día y rodeada de otras personas, cuando me animo a ver alguna. Saludos, me encanto tu post.

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