I. Rebeca

Rebeca no solía ser impuntual, sólo con su destino. Por eso llegó hasta abril a la estación Tormenta. Cansada del paseo, se subió al tranvía. Eligió ir hasta atrás, de pie, con la cabeza pegada al cristal. Miró las calles y sus casas hasta que fue incómodo que su cabeza rebotara por la vibración. ¿Podía relajarse? No. Se mantuvo erguida, a una distancia prudente del cristal. Casas, casas, ejes viales, garabateaba mentalmente. Detrás de sus ojos, sin embargo, la visión se empañaba con vapores de un miedo sin domesticar. Una sabe, porque en la vida las respuestas evidentes comienzan desde muy temprano, que las tormentas llegan y si no matan, pasan. Pero esperaría que se mantuvieran siempre lejanas, como la luna o como el horizonte. Que pasen. Así como no se mete la mano al fuego, no se camina hacia ellas. En una versión optimista, se podría creer que es posible verlas siempre a la distancia.

Rebeca se bajó justo frente a la estación Tormenta. Fue la única del tranvía en descender ahí. La estación, por fuera, era muy sencilla. Una fachada, un letrero, una puerta de entrada. Pero desde el torniquete, una frecuencia grave retumbando bajo los pies, casi imperceptible, podía erizarle la piel a alguien con sensibilidad acentuada.

Ella entró, sacó el boleto de su bolsa y lo metió en el torniquete con una maquinalidad indiferente. Su cuerpo tuvo un escalofrío. La estación Tormenta era como no la había imaginado. Amplia. Limpia. Mármol y hierro negro, poca gente, grandes distancias entre una persona y otra; algo de neblina cortada desde el techo hasta el suelo por haces de luz. Siempre hay algo bello que perder, pensó y caminó hacia una banca.

Antes de sentarse, Rebeca le tomó la temperatura a la pared del andén para remarcar mentalmente, como remarcan los tristes, que estaba muy fría. Pasaron las horas mientras Rebeca se repetía aquí estoy, tratando, como siempre, de no estar. Saber qué es lo que sigue, como que un tren llegará, como que una tormenta te pasará por encima, sólo es tranquilizador cuando se sufre de angustia por incertidumbre.

La estación comenzó a vibrar. Rebeca se asomó al andén y sintió minúsculas gotas de agua fría impactar contra su rostro a toda velocidad. Cerró los ojos, contuvo el aire: sintió su pulso subordinado al ruido del tren que entraba escandaloso, como un desastre natural con cuerpo de nube negra, a toda velocidad.

El tren empujó el aire y Rebeca no perdió el equilibrio.

Se abrieron las puertas.

Rebeca subió al vagón. Nadie la estaba arrojando. Ella entró con sus piernas temblorosas. Su corazón latía aprisa, las manos le sudaban. Sus pasos se apagaban firmes por la alfombra sucia azul. Caminó por el vagón buscando asiento. Escogió ventana. Rebeca miró su reflejo con el andén de fondo. ¿Por qué lloraba de esta forma nítida e incontrolable? La tormenta ya era ella, el tren, el camino.

Mónica Flores Lobato

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2 thoughts on “I. Rebeca

  1. Me pasaron tantas cosas, me impactaron tantas líneas “sólo es tranquilizador cuando se sufre de angustia por incertidumbre”,”el tren empujó el aire y Rebeca no perdió el equilibrio”…hiciste a Rebeca tan “real” que aún y habiendo terminado de leer,no logro que se vaya de mi, o quizá es mi propia Rebeca…

  2. ¡Hola, Yezmin! Había intentado una respuesta antes pero creo que no se publicó.
    Gracias por leer y encontrarte con tu Rebeca. 🙂 Espero que disfrutes igual o más los siguientes relatos de Tranvía y estación Tormenta. ¡Un abrazo!

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