El peso de una pregunta o respuesta para una niña/mujer de mirada ávida y voz dulcísima

La semana pasada me invitaron a platicar con unos chavos de prepa y nos preguntaron –éramos dos ponentes– por nuestra filosofía de vida. Contestarle eso a una muchachita que atentísima lo anotaba todo, me causó bastante miedo.

¿Qué clase de filosofía de vida podría presentar si con frecuencia hablo sola –me vean o no–, si escribo para darle un orden a ideas que de expresarlas verbalmente se me harían un nudo entre los dientes? ¿Qué podría contestarle cuando yo misma me atormento con algunos temas y de tanto pensarlos hasta en pesadillas los transformo?

Lo que hice fue escuchar su pregunta, concentrar mi atención en el otro ponente –que comenzó a enumerarle los cuatro puntos principales de su filosofía de vida– e intentar mimetizarme con la pared a tal grado que a esa niña ávida de respuestas se le olvidara que quizá yo también debía contestarle.

Pero cuando creía que me había afantasmado lo suficiente, esa mujer en ciernes me miró y supe que no la libraría.

—Y usted, ¿cuál es su filosofía de vida?—preguntó con una voz dulcísima y los ojos puestos en mí.

Recordé entonces cómo odio que me etiqueten en fotos de la secundaria, de prepa o incluso en esas posteriores a mi graduación. En cómo lo odio porque casi nunca me reconozco en ellas, porque ésa ya no soy yo; incluso hace poco, en un grupo de Whatsapp, subieron una foto de la universidad y tardé una eternidad en encontrarme entre todos. Cuando por fin lo hice, me asusté de no haberme visto antes ya que estaba justo en el centro de la primera fila.

Y es que para mí el pasado no es más que un conjunto de enseñanzas y muy muy pocas imágenes. Son sólo algunos cariños cuyo rostro toma forma en el corazón, no en la memoria. El pasado es –sí– lo que moldeó mi presente, pero al ser pasado tiene relevancia sólo en cuanto a enseñanzas. Es una muda de piel necesaria para dejar al descubierto una piel nueva, mucho más brillante y resistente, pero no es una piel que guarde para probármela una y otra vez.

Supe entonces que mi filosofía de vida tenía como base una idea bastante simple y quizá algo trillada: dejar el pasado justo en donde pertenece. No aferrarte a él ni creer en el cliché que nos dice que todo tiempo pasado siempre fue mejor porque no es así. El pasado sirve sólo en su propio tiempo, para aprender de él y volverte un ser mucho más completo, pero no debe convertirse en ese monstruo que por las noches –o en los grupos de Whatsapp– te persigue o, peor, al que busques con fervor.

Ignoro si esta filosofía es válida para todos, pero sé que ha sido útil e importante para mí.

Ya no recuerdo con exactitud las palabras que utilicé cuando contesté la pregunta pero espero que algún día esa niña/mujer de mirada ávida y voz dulcísima se tope con esto y sepa que al crecer es posible sentirte cómoda cada que mudas de piel.

Alisma De León

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