La cebolla

La cebolla carece de discreción, una vez manipulada se manifiesta a lo largo del día. Su jugo se impregna en los dedos o se esconde bajo las uñas en una especie de venganza por haber sido sacrificada para la satisfacción del paladar.

Mucho después de haber dejado la cocina, durante una conversación o una clase –en un gesto poco reflexivo– coloco la mano encima de mis labios y se presenta su recuerdo. Inoportuna, como un nombre o una canción que creí haber enterrado en el olvido pero que sólo aguardaba, sigilosa, el momento preciso para resurgir, para hacerse presente sin importarle las consecuencias. El vegetal carece de escrúpulos.

Mis tías dicen que la cebolla sólo te hace llorar si eres celosa. Ninguna de ellas llora mientras la corta:

–¿No eres celosa? –le pregunté a Martina.

Ella sonrió, sus ojos estaban intactos.

Pienso que ellas entendieron algo que yo todavía no sé, un detalle que, de conocerlo, me ahorraría preocupaciones y noches sin dormir.

Creí que con el tiempo yo también adquiriría esa habilidad pero los años están pasando y mis habilidades para contener las lágrimas no se han perfeccionado.

A veces ni siquiera estoy triste, quiero decir, no tengo una gran pena para llorar. Pero al cortar una cebolla las pequeñas razones acumuladas, oportunistas, encuentran su momento y se me salen por los ojos. Entonces tengo que dejar de lado el cuchillo, alejarme de la tabla y dedicarles un momento. Tomo una silla y me siento a llamarlas por su nombre, de manera individual para que ninguna se ofenda y todas transiten con calma el camino facial.

La situación se ha repetido ya las suficientes veces como para que yo hubiera encontrado resignación. Aún así, cada vez que visito el mercado tomo una cebolla entre mis manos y mirándola trato de averiguar lo que me depara el futuro.  Me pregunto si ya habré aprendido algo del amor, de los celos o del manejo de las verduras crueles.

Transcurrida la violenta escena, para ella y para mí, de cortar la cebolla, cuando el aceite ha hecho su trabajo, la miro dorada e inofensiva y suspiro: la comida está casi lista. Para ese momento ya estoy mucho más tranquila, pienso que no hay nada de qué preocuparse. No soy yo, es la cebolla.

Lolbé González Arceo

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