Disneyland del amor o el día en que (no lo sabía) conocí al amor de mi vida

I

Fue de regreso de un pueblo desconocido. Se trata de un lugar pequeño donde no hay nada de particular: cafés que cierran a las siete en punto, una librería, grandes marquesinas, funiculares que conducen a la parte más alta, antiguas torres y laberintos en los que nadie ha logrado extraviarse. Durante esos días vagué por el pequeño pueblo, entraba a una casa de té, husmeaba los aparadores de la única librería y regresaba a mi habitación para anotar las impresiones del recorrido. Mi rostro era un trazo de olvido. Tomé el tren y salí de ahí.

II

En la ciudad vecina me esperaba alguien. Durante el corto trayecto en tren dudé que asistiera al encuentro. Después de todo nos habíamos conocido poco: no había entre nosotros ese tipo de compromisos que surgen entre los que han sido especialmente recomendados por un amigo; tampoco el amor, la intimidad que une a los cercanos. Pensé que de cualquier manera no podía hacer nada: tenía el boleto y una reservación en un hostal del centro. Cuando lo vi aparecer en la estación de trenes no supe bien a bien cómo reaccionar. Llevaba demasiado tiempo sin hablar con nadie. Me saludó con amabilidad y comenzamos a caminar.

III

Dos extraños obligados a caminar por las calles de una ciudad ajena. Los extraños se sientan al pie de una escalera que da a una plaza como la de cualquier otra parte. No saben si hablar del clima o contarse sus vidas. Hablar del clima parece demasiado simple, algo que se puede hacer con el taxista o el vendedor de helados; contarse sus vidas un exceso. Pero, ¿acaso no es exceso lanzarlos así, inexcusablemente, a su propia compañía? Deciden entonces contarse sus vidas mientras observan los puentes, los barcos que en la distancia parecen pájaros o monstruos, el agua que amenaza.

IV

Los extraños dejan de serlo. Como los animales, como los niños, se adaptan a su situación: la de estar juntos. Por algún motivo oscuro, después de unas horas parecen haberse acostumbrado a eso: rápida, frenéticamente. Apenas ha amanecido y uno de ellos ha de marcharse; por eso llevan un mapa consigo: no saben si han de perderse más o sólo perderse. Da lo mismo, en todo caso el extravío ya no es el del día anterior, cuando eran las palabras las erráticas. Yo pienso que la despedida no me asusta. Sin embargo hay un extraño pesar, algo parecido a quien abandona el hogar por un breve periodo. No trato entender por qué. Eso lo haría después, mucho después, cuando supe que no había vuelta atrás. Me pregunta qué me ha parecido la ciudad:

“Es Disneyland del amor -le digo- estamos en Disneyland del amor”.

Nidia Cuan

 

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