No digas adiós

“Cuando el tren arranque no digas adiós porque te quedaste en el andén. Fue sólo tu pasado el que se marchó, en el tercero o cuarto vagón de segunda clase, precisamente el que acaba de desaparecer en el túnel. Fue sólo tu pasado el que se marchó: se quedó tu presente”.

“Buenas noches a todos”

Segundo libro de crónicas

António Lobo Antunes

Recordar, dicen, significa volver a vincularnos con el corazón. En esta acción, voluntaria o no, existe necesariamente un retorno a los signos de vida que hemos dejado en el camino y de los que nunca tendremos la certeza de si fueron hechos o son fabulaciones.

Hay quienes creen que sus recuerdos son el testimonio infalible de lo sucedido en sus vidas y las de los demás. Te dirán del modo más contundente qué fue lo que pasó en la fiesta, que uno iba vestido de verde y no de amarillo, que en aquella ocasión el día estaba nublado pero no llovió y que ninguno de los otros asistentes estaba tan consciente del curso de las horas y el desarrollo del festejo como quien hace estas declaraciones. Con ellos no vale la pena discutir. Vienen armados con la determinación de quien no sabe admitir la duda y cree que el pasado está escrito en piedra y se puede leer con toda claridad.

Hay otros que se atreven a dudar, que no están muy seguros de si esas imágenes que transcurren por la memoria y dan cuenta de una historia, una identidad, una secuencia de experiencias y aprendizajes, son copia fiel de lo acontecido o una copia al carbón no del todo precisa. Ellos te preguntarán, ya entrados en confianza, si realmente fueron los protagonistas directos de los desmanes en la secundaria, si Carlos anduvo con Rosa, con Bárbara o contigo. Con ellos uno puede establecer complicidades, ciertos pequeños juegos propios de la fabulación.

Hay otros más que definitivamente dudan de si el cúmulo de recuerdos que llena sus mentes es una invención o apenas el vestigio de algo que tuvo lugar. No sólo te preguntarán, sino incluso te pedirán que por favor les vuelvas a contar lo ocurrido, el nombre, el lugar, la reacción de los demás, el escenario donde aconteció el evento común que los hace, de algún modo, reconocerse. Constantemente te interrumpirán para decir “¿en serio?” y tú tendrás que creerles y tenerles paciencia. Entre estos últimos, me incluyo.

A veces he imaginado que sería maravilloso contar con una ruta directa y sin escalas a ciertos espacios y tiempos que ahora sólo son posibles en nuestra memoria.

O no, tal vez sería monstruoso.

A veces también creo que ese regreso al corazón no es un retorno a los sucesos, sino una visita a las emociones, impresiones, sabores y olores que ahí habitan y que pueden adquirir cualquier apariencia, el ropaje improvisado de algo que pudo haber pasado.

Tal vez por eso uno no dice adiós cuando se queda en el andén, porque en el presente en el que permanecemos siempre hay cabida para todos los ropajes con los que quiera vestirse nuestro pasado.

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