Otoño: sus lunas, hojas caídas y recuerdos.

“Te regalo un otoño
un día entre abril y junio
un rayo de ilusiones
un corazón al desnudo.”

Juan Luis Guerra

 

Por la mañana me preparo un café y encuentro el pan tostado. Me siento junto a la ventana y aprieto el botón de encendido de la computadora. Es como un ritual. Suena el aire y en la puerta golpean las hojas que han caído del árbol. Es otoño.

En internet aparecen un sinfín de fotografías con paisajes bellos y títulos que dicen: Los 20 destinos más bellos para visitar en otoño. Aparecen: el norte de Italia, Vancouver, Escocia, Japón, Central Park en Nueva York, Alpes suizos, Nueva Zelanda, Australia, España. México no aparece, mucho menos, Reynosa. Por eso, quiero ir a todos esos lugares.

Aquí los arboles están por quedarse pelones. La gente barre todos los días porque les molesta el colchón de hojas que se junta a su puerta. Yo tengo que barrer, la cochera, aunque pequeña, se llena rápido de hojas, polvo y flores de bugambilia. Pero sólo lo pienso y sigo sentada al lado de la ventana mientras escucho a Juan Luis Guerra y me como el pan tostado con café.

Entre sorbos, me acuerdo de los Viveros de Coyoacán –a los que he ido varias veces–, imagino sus hojas desprendiéndose cada vez que una ardilla salta de rama en rama y cae una lluvia de hojas amarillas, rojas y marrón. Qué ganas de estar ahí –pienso– de seguro está el clima fresco y las hojas ruedan por todos lados.

En otoño llueve, entran días con sentimientos de nostalgia, melancolía y a veces tristeza. Creo que se suspira más, se extraña más y se sube de peso, aunque sea un poco. Busco en internet el video de la chica del clima y mantengo la esperanza de que me diga que los siguientes días la probabilidad de lluvia es alta y se presenta un tercero o cuarto frio. Aunque nunca sepa donde se quedaron los anteriores porque nunca los sentí.

Otoño está lleno de cosas bellas. La luna de octubre es tan grande que parecen que son dos abrazadas. Creo que en este mes los gatos salen más que en cualquier otro mes del año. Con suerte algún sábado por la tarde lloverá. Y veré películas, habrá café y nadie tocará la puerta.

No crean que me acordé de otoño por la nostalgia, tampoco por el romanticismo. Fue por sentarme aquí al lado de la ventana y ver la cochera llena de hojas secas y flores de bugambilia. Hoy no barro, con el pensamiento flojo digo: si barro, mañana estará otra vez igual. Seguiré tomando café y viendo fotos de internet. Algún día iré a Vancouver y caminaré por sus bosques color ocre, o al menos regresaré a los viveros de Coyoacán.

Otoño me pone nostálgica, a veces me dan ganas de tomar mucho café y me da por acordarme de los que ya no están.

Asenat Velázquez Jiménez

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