Mi historia con Archi o cómo lanzarte al mundo y llenarte de cartas

Corría 1987, yo tenía 12 años y las revisterías –por lo menos en Reynosa– eran algo bastante común. En ese entonces no existía internet para saber lo último de tu personaje favorito, por lo que ir y buscar revistas a la tiendita de la esquina era el pináculo de mi semana.

Un día, en el que me encontraba tirada de panza sobre la cama, vi en la parte posterior de una de las revistas de Archi que Betty y Verónica te daban su dirección para que escribieras, les pidieras consejos y te convirtieras en su amiga. Como está visto que desde entonces me lazaba a las cosas sin pensarlo dos veces, les escribí. No sé qué pasaba por mi cabeza o si mi ingenuidad era mucha, pero me acuerdo que en mi carta les contaba de dónde era, lo que coleccionaba y no sé con exactitud qué consejo les pedía.

Pasaron las semanas y me olvidé del asunto, hasta que llegó esa tarde en que fui a la revistería, compré Archi y sus amigos, regresé a casa, me aventé en la cama, comencé a leer y en la página 53 apareció mi nombre con todo y apellido. Creo que ésa fue la primera vez que un editor hizo lo que quiso con mis letras porque esa carta ñoña y personalísima que había enviado estaba frente a mí transformada en un anuncio que yo dirigía a todos los niños de la república mexicana para que me escribieran y en el cual prometía contestarles.

Cuando regresó el color a mi cara y la fuerza a mis piernas, corrí a enseñarle la revista a mi mamá. No recuerdo cuál fue su reacción ante mi “primera publicación” pero aún no eran estos años en que de inmediato se piensa en la inseguridad y yo, desde mis doce años, no noté que se molestara o asustara. Porque además de ahí no iba a pasar. O eso creíamos, hasta que comenzaron a llegar las cartas.

El cartero llegaba a diario a casa con al menos dos cartas y al termino de algunos meses, llegué a juntar arriba de cien; todas de niños y niñas de distintas partes. Me mandaban, además, muchas de esas cosas que mi anuncio decía que coleccionaba (y que sí era cierto): timbres, borradores e incluso, algunos anexaban postales de su ciudad.

A todos y cada uno les contesté. ¿Eso era lo que prometía mi anuncio, no? Lo de menos era si yo lo había dicho, estaba firmado por mí y eso bastaba para que sintiera la responsabilidad moral de contestarles. Aparte, la verdad es que estaba feliz de llegar a casa para leer y escribir cartas. De esa forma supe que había en el mundo más de un centenar de personas tan ñoñas como yo y con ganas de platicar con alguien que parecía tener sus mismas inquietudes (o al menos con alguien que compartía el mismo nivel de locura por Archi y todos todos sus amigos).

Las cartas aún existen en el que era mi cuarto, guardadas en una caja forrada con papel para regalo de color verde menta y con imágenes de un monito vestido de azul y un poco narizón.

De vez en cuando me pregunto qué pudo haber movido a tantos niños para escribirle a una perfecta desconocida. Qué tuvimos en común todos, además de Archi, que nos volvió cercanos. Otras veces quisiera saber qué pasó por la mente del editor para decidir “vamos a publicar la carta de esta niña con unos pequeños cambios, seguro no se lo tomará a mal”.

Perdí la revista por descuido o porque quizá esa inmediatez que caracteriza a la infancia me impidió ver que hay cosas que con el paso de los años se convertirán en recuerdos y que debemos hacer un esfuerzo por conservarlas.

Hace poco, alguien que no conozco, me envió un tuit en donde aseguraba tener algo que me pertenecía. A ese primer tuit, le seguían otros dos: en uno mandaba la foto de la portada de ese número de la revista de 1987 y en el otro, una imagen de la página interior en la que aquella Alisma invitaba a todos los amigos de Archi a escribirle.

Me gusta pensar que esta pequeña aventura me permitió ser parte activa de ese mundo de Archi en el que viví por algunos años. Que éramos Betty, Verónica y yo, algo así. Y que obtuve, como un plus, la alegría de saber que alguien, en otra parte del mismo territorio, sacaba una pluma y me escribía una carta.

                                                     Alisma De León

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