Talla grande

La vida me quedaba grande, como la cama. Aunque podría tocar con la punta de los dedos el momento preciso en que me quedé sola, a veces lo olvidaba o simplemente no lo podía creer. Nunca me había pasado antes. Salí de blanco de la casa materna dispuesta a ocupar otra morada que fuera para toda la vida, pero un día “toda la vida” se convirtió en demasiado tiempo.

La agonía fue larga, como la de un enfermo vegetal cuya madre se rehúsa a desconectar, pero finalmente jalaron del cable y adiós.

Hay muchas causas y consecuencias para que algo así suceda. Las causas ya no tenían caso, o por el momento prefería no pensar en ellas. Pero con las consecuencias me tropezaba todo el día, todos los días y tal vez más en la noche, en la cama. Al principio me dormía en una esquina, haciéndome chiquita, abrazándome a mí misma, convenciéndome de que aunque se hubiera ido, él todavía estaba ahí. Tanto, que de esa manera, a lo mejor era yo la que podría pasar desapercibida, no molestar más, dejarle el resto de la cama, de la vida para él solito. Despertaba un poco adolorida, pero dormía bien, casi no soñaba nada, parecía que llevaba rato muy cansada y no me había dado cuenta.

Las siguientes noches comencé a observar el otro lado de la cama desde mi rincón con curiosidad. De ese lado estaba el teléfono, la lámpara que servía, pescaba mejor el internet, se diría que el aire era más fresco. Un día decidí acostarme de ese lado, casi a escondidas, como un acto transgresor y me encontré que se sentía bien ocupar el lugar del “hombre de la casa”. De todas formas seguía durmiendo encogida en posición fetal. Al despertar me dolían las articulaciones.

Después empezó el insomnio. Dar vueltas en la cama ahora era una aventura mucho más amplia, rodaba de un lado a otro entre sudores que me empapaban primero el cuello y después todo el cuerpo. Cuando conseguía conciliar el sueño, ya tarde, venían las pesadillas. Él no me quería, él me volvía a querer, él nunca había existido, él quería su cama de vuelta. Despertaba ojerosa y con ansiedad. Se me ocurrió comer sin parar, tal vez si me hacía un poco más grande, ocuparía la cama de una manera más rotunda.

Logré estar pesada, pero demasiado, ya no puedo levantarme, no puedo salir de aquí. Paso el tiempo acostada. Aquí como, aquí trabajo, aquí vivo.

Ahora yo soy la que le queda grande a la vida, ahora la cama es la que me empieza a quedar chica.

Catalina Kühne Peimbert

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s