Preguntas en la madrugada

A veces las noticias salen de la televisión, abandonan el periódico, atraviesan la pantalla y se te presentan. Ya no solo es la serie feminicidios en el país, ese lugar abstracto, sino la vecina ahorcada por un chofer, el cadáver de una mujer encontrado en la playa, amarrado, envuelto en una bolsa, flotando. La amiga a la que unos hombres persiguieron camino a casa, la hermana acosada por los policías de un retén “si nos das un besito te puedes ir”.

La rabia ya no es únicamente solidaria sino concreta, cercana, tocante.

En la madrugada, mientras espero espero el camión para ir al trabajo, un automóvil pasa, reduce la velocidad y el hombre en su interior me saluda, se ríe. Bajo la cabeza, no quiero que me vea la cara. Necesito que otro auto venga y le obligue avanzar. Deseo que éste no sea su camino de todos los días, que haya pasado por aquí sólo de casualidad.

La rabia se convierte en miedo.

No soy valiente. Todo está oscuro y los cinco minutos que tarda el camión en aparecer se estiran como un chicle en el verano. Me pregunto si debo mirar el celular para parecer ocupada o si sería mejor permanecer en evidente alerta.

Las farolas de la calle no funcionan, se encienden durante treinta segundos y se apagan alrededor de dos minutos. Es lunes, quiero creer que voy a tener suerte, que si camino rápido podré alcanzar un ratito de luz.

Cuando la lámpara se apaga pienso que debería conseguir gas pimienta, lo planeo todos los días a esta hora y lo olvido llegada la tarde cuando estoy en mi cuarto. Por eso sé que es una manera de aminorar el temor. Pienso que no funcionaría porque en caso de necesitarlo es probable que me tiemblen las manos y no atine ni siquiera a desbloquear el celular para llamar a la policía.

He esperado ya por tres minutos. El hombre del automóvil se ha ido, mi camión no llega. Me queda el tiempo suficiente como para que las preguntas se deslicen, insidiosas: ¿qué pasará  si me convierto en la vecina de alguien, que espera el camión y se pregunta si ella será la siguiente? ¿Qué ocurrirá si las estadísticas inflan el miedo de unas pero dejan indiferente a la mayoría?

Lolbé González Arceo

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