Rompecabezas de favores

Cuando recorro mi casa –todas-todas las habitaciones de la gran-gran-gran mansión–, no puedo evitar pensar en cómo otra gente, con su ayuda, la ha llenado y no tiene ni idea. Quien me conoce sabe que poseo pocos muebles –independizarse resultó ser un proceso largo y complicado–, muchas de las cosas que hacen de mi espacio un verdadero hogar son regalos o donaciones de personas que decidieron hacerme la vida más fácil de alguna manera.

Mi mamá, por ejemplo, se empeña en formar un ambiente acogedor para cuando me visita; sus detalles van desde un refri y una lavadora, hasta una cafetera individual o el milagroso aire acondicionado que nos salva de los veranos en Monterrey. Lo sé, mi mami es lo máximo.

Una de las recámaras de mi casa es exclusiva para juguetes, de los cuales sólo he costeado dos; mi joven heredero cuenta con entretenimiento ilimitado dentro de esa habitación gracias a muchísima gente que lo (nos) quiere y lo procura. Incluyo también ropa y zapatos, pues tiene bastantes atuendos completos de aquí hasta que cumpla tres años (todavía ni tiene dos), hasta hay un traje de Santaclós que volvió más pintoresca su primera Navidad. Además están los muebles de bebé que forman gran parte de nuestro inventario: silla periquera, portabebé, bañera, cuna-cama, montables, etc., y tampoco gasté un peso de mi bolsillo.

Paso por la cocina y veo el microondas que me donó una tía-de-cariño; el florero que me trajo una amiga en la “inauguración” de mi cueva; el librero que estorbaba en el garaje de otro amigo; las sillas plegables que mi exrumi dejó como regalo tras su partida del departamento anterior y las cortinas que puso mi mamá-adoptiva. Pienso: mi casa está llena de pedacitos de otra gente; tengo, en lugar de una cadena de favores, un rompecabezas.

Las personas que me han ayudado en esta etapa de mi vida no son conscientes de lo tanto que influye su granito de arena en mi comodidad. Desde los que a veces se pichan la comida, los tacos o el uber, y me salvan de la larga espera a que llegue el día de pago, hasta los que me dan aventón rumbo al trabajo o entretienen al chiquillo un rato para que yo pueda hacer mi tarea. No saben que en la ayuda se queda bien grabado su nombre.

Quizá algún día pueda ser yo quien aporte algo al hogar de otro, o a su vida, mientras tanto lanzo en silencio un agradecimiento masivo. Con las piezas de mi rompecabezas, y toda esa gente linda que me apapacha, me siento de verdad-verdad muy afortunada.

Abby García

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