La vida no acierta a terminar

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Hace diez años alguien me prestó un libro que cambió mi vida. Se trataba de una especie de bitácora de trabajo donde un hombre describía sus días, muchos días, buscando signos en el tiempo y en el espacio. El hombre en cuestión era un hombre particularmente inteligente y sensible, pues los signos que se empeñaba en encontrar atendían a una suerte de gramática articulada en los sitios donde una voluntad o un deseo se ha visto súbitamente interrumpido. Aunque fueran deseos personalísimos y de gente desconocida, el espacio, los objetos, los recuerdos, los paisajes en general, quedaban marcados por la interrupción y la pérdida. Tiendas de antigüedades y artículos de segunda mano, comercios abandonados, terrenos baldíos, admitían dentro de sí los signos de un destino nunca cumplido, el deseo que nunca llegó a ser, la fractura en el desplazamiento de una voluntad.

Así como él, yo también me embarqué en la empresa de ir identificando voluntades y deseos truncados; y debo admitir que salí muy victoriosa y con una colección ingente de paisajes marcados por la pérdida y el abandono. El hombre inteligente y sensible llamaba a esta súbita suspensión del deseo “Tiempo Muerto”.

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Pilar era mi mejor amiga de la infancia. Era una año menor que yo pero considerablemente más inteligente, audaz y conocedora de eso que llaman las cosas de la vida. Aunque sus días transcurrían en medio de una serie de situaciones adversas, Pilar tenía un sentido del humor avasallador que, desde luego, yo no siempre atinaba a comprender. Hacía juegos de palabras y de doble sentido, burlas y bromas en todo momento. No importaba cuánto tiempo pasáramos juntas, yo siempre me quedaba a la retaguardia de su ingenio, sin saber bien a bien si ella estaba hablando en serio o no. A veces inventaba enfermedades, delirios, melodramas, personajes de aventuras que bien podrían aparecerse cualquier tarde en el parque de nuestro pueblo. Nunca entendí por qué le gustaba ir a jugar al cementerio, tal vez era porque en ese sitio encontraba el ambiente propicio para que su imaginación se explayara o tal vez porque su entendimiento iba mucho más allá de los límites de la vida. La última vez que la vi llevaba un vestido azul con blanco y unos zapatos de charol negro. Era una tarde completamente anodina y lo único que destacaba en medio de aquel paisaje era su silueta enmarcada por el arco de entrada al cementerio y su cabello ondeando un nuevo corte. Yo la vi por la ventana del autobús que me llevaba de la escuela a casa y sólo atiné a agitar mi mano derecha en señal de despedida. Ella me correspondió el gesto y dijo algo que yo nunca logré descifrar. Poco tiempo después, en el pueblo se dispersó la noticia de que Pilar había muerto.

Durante muchos años y a pesar de haber asistido a su funeral, seguí esperándola a la puerta del cementerio. Creía que su muerte no era sino una más de sus bromas.

Hay días en que lo sigo creyendo.

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Mi colección de Tiempos Muertos se encontraba, sobre todo, en el ámbito de lo literario: novelas, cuentos, poemas, crónicas donde la desmemoria, el desamor, el desconsuelo, truncaban el flujo de las voluntades. Pero un día regresó Pilar a mi memoria, no porque hubiera desaparecido, sino simplemente porque se había resguardado con una discreción muy impropia de su persona. Llegó de una manera tan abrumadora que yo misma me asumí un paisaje de abandono, mi propio paréntesis en suspenso ante la interrupción del deseo de volverla a ver.

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La persona que me prestó ese libro que cambió mi vida también ha muerto y con su ausencia se han activado todos los sentidos (los asequibles y los indescifrables) de la interrupción y la pérdida, pero también los de la vida que insiste en seguir su curso. Ahora me doy cuenta que el Tiempo Muerto sólo adquiere su verdadera dimensión cuando se inserta en el devenir de la vida y su continuidad pertinaz.

Como por arte de magia o por la magia que hay en las coincidencias, me veo obligada a releer Palmeras de la brisa rápida de Juan Villoro. Me encuentro y me detengo súbitamente al contemplar, en la experiencia del autor, la más atinada descripción del Tiempo Muerto:

“La muerte, lo sabemos demasiado bien, tiene una poderosa capacidad recordatoria. Nos vestimos de negro para acercarnos a las cenizas del muerto y evocamos todos y cada uno de sus actos. No pude pensar en mi abuela sin sentir que mi infancia entera estaba escrita con sus ojos. Para ella, querer a alguien significaba convertirlo en personaje de la vida que vivía como una trama vastísima y no siempre verdadera. “La vida no acierta a terminar”, me decía, como quien desea salir de una obra inacabable.

A veces la veo en sueños. Me habla en su lenguaje peculiar y opina cosas que aun para la lógica subvertida de los sueños son extrañas; recupero su infinita capacidad de intriga, su humor (no siempre voluntario), sus desplantes operísticos, las historias de turcos, esclavos, hombres buenos derrotados como héroes de Conrad y sátrapas envueltos en el lujo de la decencia. La vida no acierta a terminar”.

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Sigo coleccionando Tiempos Muertos, pero ahora sé que es porque a pesar de todo, la vida no acierta a terminar.

Karla Marrufo

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