III. Ella

Miércoles, cuatro y cuarto de la tarde, otoño. A Ella se le olvidó por completo peinar sus cabellos rosas, apenas se vistió recuperando todas las prendas; las portaba como si llevara una caja de cartón cubriéndole sus cuarenta y nueve kilos de células desorientadas y sobreexpuestas.

Ella —su profesor de etimologías grecolatinas pronuncia Ella como lamiéndole las vocales a su nombre delante de todo el salón—, no quiso caminar de vuelta a casa al salir del hotel. Respiraba profundo, con exhalaciones largas mientras el celular vibraba una y otra vez. Prefirió entrar en la estación Tormenta. “Cada vez que una alumna se mete con un profesor, Freud celebra un punto en el infierno”, había dicho su madre, hablando al tanteo, en la comida familiar apenas hacía dos domingos.

Sacó de su morral el suéter verde, lo enrolló para ponerlo entre su mejilla y la pared, tomó el libro que debía leer de tarea y la gente comenzó a acumularse en el andén. Ella pasó dos veces los ojos sobre el mismo párrafo: “Era realmente una noche muy oscura para ser verano: las nubes parecían a punto de ponerse a tronar y dije que lo mejor que podíamos hacer era sentarnos, que seguro que la lluvia que se avecinaba le traería a casa sin más complicaciones”.

—¿Voy bien?

—Sí

—¿Viste mi calcetín?

—Aquí está.

—Bien, bonita… perdón, tengo que irme—dijo el profesor.

—¡Son las cuatro! Si te vas sin darme más besos, me publicaré en cueros con el uniforme de la escuela en la cama, y te etiquetaré para que te metan a la cárcel —dijo Ella.

El profesor rió como si Ella dijera cosas muy simpáticas y salió aprisa del cuarto.

La pantalla de su celular indicaba diecinueve llamadas perdidas, nueve de su mamá, dos de su papá, ocho de sus amigas y un récord en mensajes privados: cuarenta y ocho desde que salió del hotel, cien solicitudes de amistad, y una batería a punto de extinguirse.

Ella devolvió libro y suéter al morral. Podía sentir la proximidad de una energía destructora cuya magnitud no podía calcular. Quería estirar el tiempo previo a la tormenta. Había una luz suave, ideal para retratar la llegada del tren en blanco y negro y luego manipular el negativo, escribir sobre él con un alfiler. Podría conseguir un trazo preciso con la ayuda de una lupa. Sacó la cámara reflex y cuando escuchó el silbido, se giró para un autorretrato con el tren barrido a sus espaldas. Su cabello rosa saldría gris casi blanco y años después la sonrisa expuesta le resultaría dolorosa. Lo mejor de todo era la luz suave para enmarcar sin pretensiones ese día.

Mónica Flores Lobato

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s