Monstruos, Cempasúchil y fiestas

Los primeros nueve años de mi vida los pasé en Papantla, lugar donde nací. Mi casa y las de mis amigos estaban alrededor de una gran cancha de basquetbol donde todas las tardes jugábamos. Era una cancha con casas alrededor; así lo platicaba en la escuela cuando nos preguntaban dónde vivíamos.

Durante todos esos años, no distinguía entre Halloween y Día de muertos. Para mí, todo era lo mismo: fiesta, comida y dulces. A pesar de que por cuestiones religiosas no celebrábamos el Día de muertos y mucho menos Halloween, siempre nos dejaban participar en todas esas festividades. Nuestros disfraces eran hechos por nosotros mismos; considerando también que, por obviedades religiosas no nos comprarían ningún disfraz. Mi hermano mayor se ponía una capa, se pintaba la cara y se ponía colmillos; yo, un sombrero de bruja, playera negra y una capa de luchador; mi hermano menor, enredado en papel de baño, simulaba una momia y caminaba sin doblar las piernas para que se viera más real. Y ahí íbamos. Ocho niños, entre mis amigos, mis hermanos y yo emocionados a pedir dulces: brujas, vampiros, luchadores, momias, Hello Kitty. El acuerdo era que al final, todo lo que juntáramos se repartiría en partes iguales. Lo triste del asunto, era que nuestros padres no nos dejaban ir mas allá de las casas que rodeaba la chancha. Así, que disponíamos de siete u ocho casas; sin incluir la del vecino que le caían gordo los niños.

Para juntar todo nuestro botín teníamos la valentía -o descaro- de pasar dos, incluso tres veces por la misma casa. A la hora de la repartidera regresaba con: naranjas, pan de muerto ¿?, mandarinas, caña, lima y solo uno que otro dulce. Así era en ese entonces. En Papantla todas las casas tenían árboles frutales y eso nos arruinaba nuestro Halloween. Por suerte ese mismo día Lucy -la hija única a la que le compraban todo- cumplía años. Y su fiesta era tan grande que tenía que hacerla en la cancha. También en la casa de Lucy, que siempre estuvo enamorada de mi hermano, -ventaja para mí- el altar de muertos era el más grande de todas las casas. Y es que allá, casi en todas había altares.

El dos de noviembre nos llevaban al cementerio. Había puestos de flores, comida y nieve en toda la entrada. Había tanta gente que no se podía caminar. Casi todas las tumbas eran visitadas y estaban adornadas, las que no, la gente les echaba una barrida y le ponía una que otra flor para no dejarlas en el olvido. Cuando empezaba a oscurecer llegaba más gente, traían tamales, dulce de camote, atole, postres, caña y fruta. Se te antojaba todo. Pero no podías comer, porque era para los difuntos que se supone, venían con mucha hambre. Entrada ya la noche llegaban los músicos y se armaba una fiesta, todos esperando a que esa persona regresara. Así fue mis primeros años.

Cuando llegué a Reynosa se acabaron las fiestas. No había Halloween. Porque aquí roban niños, decía mi mamá. Considerando también que no tenía amigos. Aquí en ninguna casa había altares. Pensaba: aquí nadie se acuerda de los muertos. Si yo me muero aquí, nadie me pondrá tamales. En Reynosa conocí los altares solo para concursos, cuál era el más bonito y había primer, segundo y tercer lugar.  Y al final, nos comíamos la comida de los muertos.

Ahora veo Halloween como la ocasión para comprar cosas en centros comerciales, sobre todo en noviembre que se inunda de ofertas por las cosas que no se vendieron. Y día de muertos. Puedo decir, que ya tengo varias personas a quienes recordar, a quienes ponerles una foto y colocarles flor de cempasúchil, pensando que me visitan. Hoy los muertos son míos. Ya no soy una acompañante al cementerio para los muertos de otros. Ahora los muertos me duelen a mí.

Así pasa, entre más crecemos, la muerte da un paso hacia nosotros. O de repente te avisan que tocó la puerta de alguien más y ese alguien la dejó pasar.

Asenat Velázquez Jiménez

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