No intenten enviarme a rehabilitación

“Pensaron que yo quería salvarme de la droga que contamina el cuerpo y las venas y no de la otra, la que entra por debajo y por los ojos, la que se enquista en el corazón y lo corroe, la maldita droga que los más ingenuos llaman amor, pero que es tan nociva y mortal como la que se encuentra en las calles envuelta en paqueticos.”

Jorge Franco, Rosario Tijeras (1999)

 

Desde muy joven, todavía niña, me inquietan mucho los asuntos del amor. Durante los convivios familiares, al jugar lotería me alegraba perder todo el tiempo, porque después de todo “desafortunada en el juego…”. Pero ha resultado lo contrario, sigo con una pésima suerte en cualquier juego de azar, y la cosa empeora cuando se trata de amor.

Las primeras mariposas en la panza, tras la sonrisa del niño que me gustaba, las sentí a los cinco años. Lo recuerdo perfecto: era un chiquillo güerito y de ojos verdes, un cliché. Al graduarnos del jardín de niños dejé de verlo hasta el tercer grado de primaria, nuestros caminos se volvieron a unir y parecía que seguía igual de “hermoso”. Clichesote. Cuando me mudé de ciudad, volví durante unas vacaciones –ya adolescente– y me lo encontré trabajando en un Oxxo. Vaya locuras del universo: tenía el rostro lleno de marcas de acné y el cabello rubio rapado; además, había aumentado bastante de peso y se portó muy grosero. Desconozco si me reconoció, yo no era precisamente la misma niña de frente amplia y dientes de conejo.

Desde entonces, o desde antes, comprendí que la vida está repleta de ironías, que puede llegar a ser una poetisa delirante que nos llena de júbilo o puede actuar como una puta que nos coge de pie y, además, nos cobra caro. La vida –el ser supremo, el motor primero, el universo, la madre naturaleza, Gaia o Dios, como quieran llamarle– no es más que un titiritero. Y nosotros, marionetas con alma, buche y corazón.

Hace no mucho conocí al que parecía el definitivo –siempre lo parecen–. Tardé casi un año en darme cuenta que estaba enamorada, pero una vez que acepté mi condición explotó el caos. Todo terminó de la peor manera posible –para variar–, pero con grandes recompensas y aprendizajes. Envejecer no ha sido en vano y con la madurez de los años, tomamos las rupturas o desamores de manera menos negativa. Hoy heme aquí, preguntándome –una vez más– hasta cuándo volverá Cupido, el maravilloso Dios Eros, a visitar estas tierras.

Es que, en un halo de libre albedrío y sabiéndonos susceptibles a las malas bromas del destino, jamás desistimos en nuestra ilusión. Vamos por el mundo pensando que encontraremos el verdadero amor, con el desesperado deseo de sentir otra vez esa alegría incomprensible que nos llega en un mensaje de buenos días, con la nostalgia del sentimiento tras el primer beso o luego de la llamada inesperada que transforma la rutina. Ansiosos de esa droga que nos pone contentos y bien pendejos.

De ésa de la que nadie se rehabilita. Y aunque así fuera –aunque tuviéramos cura–, nadie, pero de verdad nadie-nadie, sale ileso de una adicción.

Abby García

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