PÁJARO

Me parece claro que algo le ha ocurrido. Ayer, mientras yo introducía a su jaula el traste con agua nueva, él me mordió.

Mamá diría –con su habitual tendencia a corregirme– que los pájaros no muerden, pero el mío es muy particular. Considero también que el dolor está por encima de la corrección al hablar, que me da licencia para emplear el término que me plazca. Él me mordió.

Quizá una revisión médica no sería capaz de constatar el impacto físico de la herida: la piel no está abierta, hay ausencia de supuración, ninguna señal de hematoma. Lo que duele no está ahí, es otra cosa.

Días atrás comencé a notarlo distinto. Paró el trinar por las mañanas y ante mi presencia no había ninguna reacción. Yo soplaba por encima de su alpiste pero ninguna cáscara salía volando, no estaba comiendo. El traste con su agua estaba vacío, había inundado el piso de su jaula.

En un principio creí que era cuestión de ignorarle, que con los días se le pasaría. No hace falta ser un experto para saber que los pájaros suelen tornarse volubles; pero lo del mío parece ser otra cosa: se para en un rincón de la jaula y, a través de los barrotes, se queda mucho rato mirando el cielo. Le chiflo, le acaricio un ala: no hay respuesta.

Quiero pensar que él sabe, que se da cuenta de que traté de conseguirle la jaula más espaciosa, el lugar más privilegiado del jardín, la sobra más fresca, ¿no es bastante?

Fui a la biblioteca y saqué un volumen del Manual comportamental sobre aves en cautiverio. Después de pasarme una tarde leyendo, tratando de entender, le revisé el cuerpecito, la varié el alimento, le di unos días para que descansara de mí. Aun así las cosas con él mantuvieron el ritmo de la indiferencia.

Otro día. Mientras yo trasplantaba unos rosales me esforcé por no mirar en dirección a su jaula. Tuve la sensación de que si lo hacía percibiría en sus ojillos el reproche o la intención de escapar.

Comencé a relacionarme con su recuerdo y no con él. Pensaba en nuestros primeros días, en la tarde en que lo traje a conocer la casa, en la primera vez que conseguí que comiera de mi mano, ¿no habíamos hecho promesas?

No hay mucho más que hacer. Mañana, en un estudiado descuido, dejaré abierta la puertecilla de su jaula. Esa podría ser la única posibilidad que me quede para hacerle feliz.

A mí su presencia ya no me sirve porque yo no sabría qué hacer con un cadáver de pájaro, con el cuerpo de un ave que se dejó morir. Por otra parte estoy segura de que si me descuido él no sabrá qué hacer con un dedo de humana.

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