CANCIONES COMPLETAS

Los psicólogos suelen decir que no nos enamoramos por nuestras cualidades sino por nuestros defectos. O mejor dicho, por nuestras debilidades: una mujer dominante se engancha con una dependiente, un hombre miedoso con una mujer sobreprotectora. La sabiduría popular dice lo mismo: “siempre hay un roto para un descosido” o “nunca falta una chancla vieja para un pie podrido”. Es decir, que vamos por la vida perpetuando nuestras patologías, pero deseando al mismo tiempo que nuestra descendencia sea una de humanitos limpios y equilibrados.

Y supongo que es verdad. Yo, por ejemplo, era para mí misma la persona más distraída del universo hasta que conocí a mi marido. Una que vez que nos mudamos, comenzamos a vivir en un mundo de objetos perdidos. Caemos en todos los hoyos de la colonia, sufrimos toda clase de accidentes absurdos con los muebles y los electrodomésticos, tenemos tarjeta de cliente frecuente con el cerrajero, nuestro perro está expuesto a periodos de ayuno o de sobrealimentación y dejamos encendidas las luces del auto al menos una vez por mes. Además, los dos somos tan ecuánimes como un Chihuahua frente al cartero, somos de esos que a la mitad del Jenga romperíamos la famosa torrecita nada más para poder volver a respirar normalmente, por lo que buscar la llave o intentar recordar los últimos movimientos es infructuoso.

Visto así, lo de las parejas suena como un panorama nada alentador. Pero al menos yo he encontrado virtudes en esto de engancharse por los defectos. Resulta que los defectos son al parecer como los colores en la Guía Pantone. Hay gradaciones. Pequeños blancos, huecos, donde la virtud se asoma. Así por ejemplo, yo jamás recuerdo las calles y los lugares. Puedo haber pasado todos los días por el mismo lugar y darme cuenta de que en una esquina hay una papelería que jamás había visto o de plano no reconocer en absoluto el sitio si me llevan por otra ruta. Por el contrario, mi marido jamás va a recordar lo que alguien le dijo o el nombre de las cosas. Igualmente, yo, cuando canto no recuerdo la música, pero él nunca recuerda las letras. Por ahora son variaciones inservibles. Pero he pensado que cuando seamos viejos, él podrá llevarme sin errar a la heladería y yo podré recordarle que el señor de los helados es el mismo que nos ha atendido desde siempre y que no es necesario que intente recordar qué es lo que pide. Y lo más importante, podremos cantar canciones completas mientras buscamos las fotografías de nuestro perro.

Nidia Cuan

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