Los que se van

Uno vuelve siempre

a los viejos sitios

donde amó la vida…

Imagino que, por un imperioso afán de comprender al prójimo, uno tiende a clasificar a las personas en, por lo menos, dos grupos. Los que sí roncan y los que no, los puntuales y los impuntuales, los que toman el café solo y los que lo aderezan con cuanto aditamento se les ponga junto a la taza, los optimistas y los pesimistas, los confiados y los desconfiados, los que sueñan y los que no sueñan, los que usan puntos suspensivos y los que prefieren ahorrarse enumeraciones con un etcétera. Aunque estas clasificaciones sean siempre provisionales y poco aporten a la comprensión del otro, a veces nos consuelan con un pequeño resguardo de confianza, quizá con la extraña seguridad que sentimos al asumirnos parte de la comunidad de los que nunca combinan lo salado con lo dulce.

Sin querer me he descubierto clasificando a ciertas personas entre los que se quedan y los que se van. Los primeros son aquellos a los que, no importa lo que suceda, siempre podremos encontrar en la ciudad donde los conocimos, frecuentando más o menos sitios semejantes, reuniéndose cada semana con las amistades forjadas desde la primaria. En ellos, el sentido de la estabilidad ha adquirido una fortaleza semejante a las raíces de los árboles centenarios, frondosos, inamovibles y felices de saber cuál es el sitio en el que habrán envejecer y pasar sus últimos días. El triunfo y el sentido de la vida residen para ellos en esa seguridad.

Los que se van son los otros, los que viven huyendo y se aterran ante la sola idea de trabajar treinta años en una oficina y de recorrer todos los días la misma ruta de ida y vuelta, para llegar cada noche a la comodidad de una casa propia y hecha a la medida. Hay algo en ellos incompatible con la permanencia y la propiedad, pues siempre están yéndose, mudándose, imaginándose o recordándose en aquella isla, al pie de una montaña muy lejana, frente a otros paisajes y en medio de seres que quizás nunca volverán a ver pero que, en ese único instante de coincidencia, se volvieron compañeros entrañables.

Los que se van tampoco suelen asumir una identidad o un sentido de pertenencia: son de todos los sitios donde han estado, y la única patria posible que reconocen habita en una caracola hallada en las costas de un mar cuyo nombre ya olvidaron. No hacen planes para el futuro, pues no saben lo que eso es; no se imaginan en la vejez, pues ignoran si llegarán a ella; no echan raíces, no se acostumbran, viven en el perpetuo desasosiego de querer “cambiar de aires”. Muchas veces se les tachará de inconstantes, de inestables e incluso de inseguros, pero su seguridad reside en gozar plenamente de la incertidumbre del devenir. Cierto es que hay días en los que se afligen y piensan en hacerse de un lugar definitivo, pero esos días pasan rápido y a la menor provocación podremos encontrar a los que se van planeando su próximo escape.

Quizá el rasgo más representativo de los que se van sea la nostalgia: esa especie de feliz tristeza al recordarse en otros sitios, y que las más de las veces viene acompañada del irrefrenable deseo de volver. A diferencia de lo que uno podría pensar, los que se van no añoran el suceso extraordinario, si es que lo hubo, ni tampoco la experiencia de lo sublime ante la inmensidad del paisaje. Más bien, son seres embelesados con la pequeñez del detalle y con una ferviente devoción por las cosas más simples, como la luz en un puente, el reflejo del propio rostro en un río, el olor de la mañana desde una ventana ajena, el fruto que cae de un árbol que no existe en otro lugar del mundo.

Así se puede ver a los que se van, un poco a la deriva pero felices; un poco nostálgicos y ansiosos, estando aquí y allá, despidiéndose siempre de las simples cosas y volviendo, cada vez que pueden, a los viejos sitios donde han amado la vida.

Karla Marrufo

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