IV. Milagros

Milagros juega con el cordón de sus audífonos para combatir la ansiedad que le provoca viajar en horas pico dentro de un tren. Evita el contacto visual con pasajeros como otros evitan tocar los pasamanos. Va tan fastidiada, habían dicho que este martes sería el fin del mundo. Para muchos es un estribillo: ya empieza el fin del mundo. Para los puristas de la forma se trata de un canon que se repite cada cuarenta o cincuenta años. Y la gente se ha acostumbrado a igual tomar sus papeles, tomar sus chamarras o abrigos, tomar a sus hijos, tomar su desconcierto e ir a trabajar desayunados o no.

El celular de Milagros ya no tiene batería pero ella se deja los audífonos puestos. El ambiente en el vagón es sofocante y van a pasar el túnel más largo de la ruta.

El tren se detiene en el túnel. ¿Qué pasa?, se preguntan. La luz del vagón desaparece, se prende una luz tenue de emergencia y empieza un ruido de fondo hasta que el aire acondicionado deja de funcionar por completo.

En la oscuridad, el ojo acumula sombras. El tren está ahora como el túnel. Los ojos de Milagros son de un vidrioso color negro trágico.

Ahora sí se quita los audífonos. Pondrá tanta atención que si alguien piensa siquiera en tocarla, ella le golpeará primero. Se sabe capaz de todo. Así las cosas en el vagón que sube de temperatura a cada minuto, hasta que caen los que sufren de claustrofobia y problemas del corazón. Luego unos sentados defienden su espacio personal como perros celando la comida mientras los parados les pegan sin remedio sus panzas, sus pelvis, hasta que el poco oxígeno que queda termina alimentando una pelea donde unos a otros se arrancan el pelo con trozos de cuero cabelludo; chillan como cerdos y entierran las uñas que cavan surcos bajo las pieles que en diez minutos serán de color azul.

Milagros grita: “¡púdranse todos!”. Pero algún chisguete caliente de sangre le cae en los ojos. Con ellos cerrados, deja de mirar con horror. Milagros ahora escucha y encuentra que todos hablan en clave de miedo. Quieren salvarse, como ella, pero son criaturas torpes, como ella.

“Necesitamos respirar y salir de aquí. Bajemos las ventanas y respiremos, idiotas”. Y la siguieron. Sofocados, débiles, maltrechos, pusieron manos a la obra.

Entraron solitarios al tren y descendieron juntos. Pensaban matarse y se unieron, se acompañaron. El camino a oscuras por el túnel, por las vías, daba una afinación de vértigo distinta a la de barbarie, se sentía como llevar flores en la panza rumbo al juicio final. Una sombra colectiva con potencial de belleza se acercó a la estación Tormenta.

 

 

Mónica Flores Lobato

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