Paciencia involuntaria

No nos conocemos. No sé cuál es su comida favorita e ignoro la raíz de sus temores pero su cabeza está sobre mi hombro. Cada que el camión atraviesa un bache ella despierta y se reincorpora: no se sonroja, no pide disculpas.

Su ciega confianza en mí me impacienta, roza con la desfachatez. Planeo decirle algo que la avergüence, ponerle mala cara. Quiero dejarle claro con el gesto, con la voz, con todo el cuerpo, que no soy su sillón ni su almohada.

Mientras delineo la estrategia a seguir, su peso vuelve a inclinarse despacio sobre mí. Primero el codo, luego el hombro, después la cabeza. Estamos casi abrazadas, como si nos quisiéramos de siempre, como si una de las dos le guardara a la otra un secreto vital.

No digo nada. Estando así de juntas me da por imaginar sus razones para perder de esa forma el control del sueño y la vigilia: quizá es la preocupación de una deuda que no puede pagar, un esposo que ronca, un bebé que llora, una gotera en la cocina, una tentación que no evitó.

El camión continúa con su recorrido habitual. Por la ventana el día empieza a consolidarse, sobre mí se acomoda el cuerpo de esta mujer. La espalda me duele porque llevo bastante rato manteniendo una posición con la que trato de que ella esté a gusto, de que no se despierte.

No soy virtuosa: hago trampa, miento, manipulo y envidio. Quizá por eso hay ocasiones en las que siento que me toca lo otro: escuchar, resistir, ser consuelo. Como si mi universo personal requiriera de un equilibro que debe ser calculado milimétricamente a riesgo de colapsar.

La parte de mi brazo que sostiene su cabeza ha empezado a cosquillear, se me entume. La extraña no sospecha lo que su presencia me ha provocado: está amaneciendo y yo la odio.

El transporte colectivo tiene eso, nos coloca en un mismo espacio y nosotros nos encargamos de confeccionar los rituales que nos mantienen a salvo de compartir una intimidad: los audífonos, el libro, los ojos evitando hacer contacto visual.

Esta mujer no tiene idea de lo que me ha ocasionado: son las 6:45 de la mañana y quiero que siga durmiendo, que descanse, que sea feliz.

Hoy me parece claro por qué evitamos al otro en el camión, el elevador o el metro. La alquimia entre el contacto físico así de cercano y los atributos personales pueden hacer surgir la chispa que detone amistades, discrepancias, pasiones o rencores.

Yo tendría que haberme distraído como siempre o al menos cambiarme de asiento pero no quise.

Lolbé González Arceo

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