MANOS PEQUEÑAS

En el corredor de mi casa, un pájaro había anidado en un pequeño hueco, justo junto a la caja de fusibles. Un mediodía, al regresar del jardín de niños, encontré en el suelo a una de las crías. Aún sin plumas, el pajarillo rosado había caído desde su nido y el golpe fue su última guarida. No había ningún otro rastro.

La muerte, sobre todo en las aves, puede ser tan limpia, tan silenciosa, que sorprende.

Tomé aquel pedacillo de carne y fui corriendo hacia el lugar donde guardaba mis juguetes. Agarré una cacerola amarilla –una de las que comúnmente vienen en los juegos de té para niña– y lo mantuve ahí. Después lo cubrí hasta el tronco con un trozo de tela y esperé a que sanara.

Es curioso cómo incluso a esa edad la angustia ante la pérdida, el choque con la finitud, desencadena reacciones tan básicas, núcleos que se repetirán en formas diversas a lo largo de la vida. Para mí, el sanar –el bienestar– no dependía de otra cosa más que de la noción de “mantenerse a salvo”. Y yo lo estaba haciendo,  mantenía  a ese cuerpo ya muerto a salvo del frío roce del concreto, de esa su soledad lejos de la madre que seguía acurrucada e indiferente junto a la caja de fusibles. El pajarillo estaba a resguardo, distante de la lluvia, del despiadado beso de las hormigas, de los otros pájaros, de todo lo que hace daño. Y no conforme, ahí estaba también la mirada que cuida, mi mirada que aguardaba el milagro.

En algún punto, mi madre tuvo que ingeniárselas para que yo dejara de esperar. Me explicó que el pájaro era pequeño y la altura desde la que había caído, considerable. No podíamos hacer nada por el pobrecillo.

Me sentí tan profundamente triste como triste puede sentirse una niña de cinco años. Mi mirada había sido insuficiente. Sentí la catástrofe de las aves a mi paso. En suma, sentí la muerte en mi mano, en aquel cacharro amarillo y en el sucio retazo que se había contaminado de eso tan ajeno: lo que no late, lo que no tiene remedio, lo que yo no alcanzo.

Y es que la muerte nunca se vuelve costumbre. Para vivir la negamos. Le damos la espalda por un tiempo y olvidamos que vivir y morir son parte de la misma cosa. Por eso, cada vez que pienso en la muerte, trato de recordar la historia de ese pájaro. No como una catástrofe, sino como el día en que por primera vez mis manos supieron su medida.

Nidia Cuan

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