Letras y lugares comunes

Nunca he sido capaz de escuchar una canción sin atender a la letra. Desde que tengo memoria, no importa en qué idioma se encuentre ni a qué género musical pertenezca, siempre hay algo en mí que se pone alerta para seguir cada palabra e intentar descifrar lo qué dice una canción. Ahora sé que esta manía deriva de la certeza de que en las canciones habita el sentir de un colectivo y que al escuchar una canción atentamente, uno puede participar –y de hecho participa– de esa sensibilidad, una sensibilidad que implica un cierto conocimiento, pero también candor, coquetería, nostalgia, intuición, humor, sentido de pertenencia, visión de mundo; todo eso que dicen es la vida. Al final de cuentas, la música que escuchamos con mayor devoción es la que mejor se ajusta a los modos como hemos transitado por este mundo.

Mi infancia fue la faceta de las canciones de amor y desamor, un repertorio limitado, francamente cursi y siempre aderezado con un sentido de fatalidad que ahora concibo como inverosímil. Luego siguió la faceta pop, en inglés, en la que de algún modo encontraba el solaz que mi alma incomprendida y rebelde necesitaba. Poco a poco, el espectro se fue ampliando sin que nunca atinara a comprometerme de lleno con un solo tipo de música; aún ahora, la función aleatoria de mi música pasaría sin pudor alguno de Miguel Bosé a José Alfredo Jiménez, de Cristina Branco a Daddy Yankee o de Chico Ché a Carlos Gardel.

En medio de esta diversidad me encuentro libre, escuchando y siendo todas las que soy y he sido. En mí sobrevive la niña cursi que se conmueve al escuchar cualquier historia de amor no realizado: Dicen que no se siente la despedida, dile al que te lo cuente que se despida del bien que adora, verá que no se siente, hasta se llora… O el duelo al que se reta al ser amado que alberga dudas: Si alguna duda tienes de mi pasión, toma un cuchillo y abre mi corazón, pero con tiento, no te lastimes que estás tú dentro. Está la joven que se estruja en la dolorosa perfección de ciertos tangos y la contundencia de la muerte: Yo sé que ahora vendrán caras extrañas con su limosna de alivio a mi tormento, todo es mentira, mentira este lamento, hoy esta sólo mi corazón. Pero también la mujer simple, la que se regodea en seguir el suceso en una tarde tonta y caliente o sonríe cuando la autoradio canta; la que cree en la valentía de quien se atreve a afirmar me nace del corazón decir que usted es mi vida, que no sé vivir sin usted, disculpe que se lo diga. Está la que inevitablemente menea los hombros al escuchar que se fue la luz en todo el barrio o la que asume la felicidad en toda su plenitud con solo escuchar because I’m happy.

Cada día escucho nuevas canciones, algunas las hago mías y otras no, tal vez porque ahora no las entiendo o no comparto lo que dicen; de cualquier modo están ahí, en las calles, en el día a día, acompañándonos en la más plena de las incertidumbres (yo no sé mañana…), en la más irracional de las posibles argucias para ligar (una mordidita, de tu boquita) o en el lugar más común para declarar nuestro sentir (Una cartica que yo guardo donde te escribí que te sueño y que te quiero tanto, que hace rato está mi corazón latiendo por ti, latiendo por ti).    

 

Karla Marrufo

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