V. Ágata

Ágata cumplió con su pequeño ritual: apagó la computadora, tomó su gabardina, metió la silla bajo el escritorio y apagó la luz de su oficina.

Noviembre, diez de la noche. En la estación Tormenta sacó unas galletas de avena que traía en la bolsa y las devoró sin lograr frenar el hambre. ¿Por qué hay tanta gente? En un extremo estaba un veinteañero tocando a Bach en el violín. Ágata caminó hacia el extremo Bach de la estación.

Encontró lugar en una banca.

El violinista era, más que un virtuoso, un intérprete pulcrísimo que no tomaba licencias contra el barroco.

—Bach me hace pensar en dios, ¿a usted no? —dijo un ciego a su lado después de un suspiro.

Ágata lo miró. Era un hombre grande y alto, bien vestido, con lentes oscuros y bastón. Ella no se atrevía a callar a un ciego.

Sentía un hueco en el estómago.

En un pasaje conmovedor, el hombre se acercó al oído de Ágata y susurró la melodía que seguía. Marcaba el ritmo con el zapato negro.

—Esa es mi parte favorita.

Ágata se mantuvo inmóvil hasta que no pudo contenerse. Hacía frío y la humedad entraba hasta los huesos. Tomó del antebrazo al ciego y le dijo en voz muy baja:

—Señor, hay un joven tocando música. Silencio, por favor.

—Qué, tengo derecho a hablar —dijo el hombre zafándose de Ágata y subiendo el tono de voz—, ese que toca es mi hijo. No me puede tener callado. Váyanse a la chingada, hipócritas.

Algunos bajaron penosamente la mirada, otros se reían entre ellos, una señora tomó a sus hijos y se subió al tren que llegaba. Ágata miró al violinista.

El violinista cesó la música. Bajó los brazos y el violín, rendido.

Sin levantar la vista, guardó su instrumento.

Ágata en cambio comenzó a marearse. El azúcar en su sangre comenzó a bajar.

El ciego les decía a todos:

—A éste, el del violín, yo lo llevé a la escuela.

—Por una chingada, ¡ya cállate! —dijo el violinista.

Para Ágata, en pleno descenso glucémico, algunas cosas parecían tomar más importancia, como el aliento blanco que salía de la boca del violinista o la distancia hacia el piso. Una leve presión en los oídos anticipó la entrada al andén de otro tren que no tomaría. Ella se deslizó por la pared hasta el suelo como una hoja blanca de papel Bond.

El violinista se acercó.

—¿Estás bien?

Ágata sintió en la punta de sus dedos la fragilidad total. Intentó contestarle pero no pudo.

Alguien extendió un jugo, alguien más unas nueces de la India. Toma medio sándwich. Rechazar los obsequios habría sido la muerte. Tomarlos, aceptar la vida. Ágata aceptó la vida.

El ciego se quedó en la banca.

El violinista la ayudó a levantarse y se ofreció a llevarla a casa.

—¿Y tu padre? —preguntó alguien.

—No es mi padre. No sé quién sea. Nunca lo había visto.

Esa noche para Ágata terminó con el violinista preparándole la cena y con sueños vívidos llenos de paisajes.

Mónica Flores Lobato

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